Sobre el topónimo de la antigua ciudad del Salto de la Mora, en Ubrique

JOSE MARÍA GAVIRA VALLEJO


1. Gazapos | 2. Monedas | 3. Palabras | 4. Notas | 5. Referencias


Resumen

En las cercanías de Ubrique existen las ruinas de una ciudad que fue turdetana, púnica y romana. En ella se hallaron hace dos siglos unas lápidas en las que se lee la palabra OCVRITANORVM. Una lectura equivocada de ese vocablo transmitió a la posteridad la forma Ocurri(s) como topónimo del enclave. En este artículo se explica por qué se produjo el gazapo. Posteriormente los historiadores empezaron a emplear más propiamente Ocuri. Pero hace dos décadas apareció una moneda en la que se lee OQVR. Este nuevo documento epigráfico, del que se conocen tres ejemplares, fue producido por una comunidad púnica que habitó el lugar antes de la llegada de los romanos. Con ese dato, la Filología Histórica establece actualmente como hipótesis principal que el nombre de la ciudad en época púnica era (castellanizado) Ócur, sin descartar la posibilidad de que en época romana esa forma hubiese podido evolucionar a *Ocuri(s).


I. Errare humanum est


Hübner y la reconstrucción lingüística “Ocuri”

Cierto día del verano de 1860, el famoso epigrafista alemán Emil Hübner pasó por Ubrique. Estaba recorriendo España a la búsqueda de inscripciones romanas. Le habían dicho que en el Salto de la Mora –cerro también llamado Sierra de Benalfí que atalaya el valle sobre el que se extiende la actual población– había dos lápidas muy bien conservadas descubiertas 66 años atrás. Estas formaban parte de sendas estatuas dedicadas a los emperadores romanos Antonino Pío (que lo fue entre los años 138 y 161 d. C.) y Cómodo (177 – 192 d.C.) Pero el erudito no llegó a verlas por no querer pagar el estipendio, a su juicio abusivo, que le exigían para conducirlo hasta el yacimiento. (Si hoy levantara la cabeza, tampoco podría ver la más grande, porque a pesar de su peso y tamaño está “desaparecida” del Museo de Cádiz desde hace décadas.)

Lapidas de Ubrique CIL

Si se hubiese querido rascar el bolsillo habría comprobado que en los epígrafes se lee la palabra OCVRITANORVM y no “OCVRRITANORVM”. Esta es la forma que por error aparece en su libro Inscriptiones Hispaniae Latinae, segundo volumen de la colección Corpus Inscriptionum Latinarum (CIL II), publicado en 1869 [Referencia 1].

La palabra latina Ocuritanorum es, en buena lógica, el genitivo plural de “Ocuritanus”. Y este sería el apelativo que se darían a sí mismos los que moraban en aquel lugar cuando se inscribieron los epígrafes (c. 142 d. C. y c. 186 d. C.). Es decir, del mismo modo que un habitante del actual Ubrique es un ubriqueño, un nativo de aquella población romana era un “Ocuritano”.

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Ubriqueño y ocuritano son adjetivos toponímicos (también llamados gentilicios y en ocasiones etnónimos o étnicos). Este tipo de vocablos suelen tener una relación morfológica directa con los topónimos (nombres de lugar) a los que corresponden. Así, el adjetivo ubriqueño viene del topónimo Ubrique. Pero ¿cuál sería el nombre del lugar que ha dado lugar a “ocuritano”? Es decir, ¿a qué vocablo en caso latino nominativo correspondería el genitivo plural OCVRITANORVM? Como las inscripciones no lo contienen, Hübner se vio obligado a deducirlo.

Él sabía que muchos topónimos y adjetivos toponímicos solo difieren entre sí en el sufijo –tanus. Por ejemplo, Astigi y Astigitanus (“natural de Astigi” (Écija)). Así que aplicó esa “regla” a “OCVRRITANVS”, restituyendo el nombre de la población como OCVRRI, y así lo plasmó en la correspondiente entrada del Corpus Inscriptionum Latinarum [Nota 1]. Los historiadores actuales han aceptado esa inferencia, aunque adaptándola a la realidad de lo que está escrito. Por eso llaman a la antigua ciudad Ocuri.

¿Podemos asegurar que la reconstrucción de Hübner es acertada e indiscutible?

inscripcion-gaditanorumLa fotografía de la derecha muestra un asiento que se encuentra en el anfiteatro Flavio de Roma. En él se lee GADITANORVM, que significa “de los gaditanos” (así quedaba reservado el sitio para los que tenían esa naturaleza). La palabra Gaditanorum es homóloga a Ocuritanorum; son los genitivos plurales de los adjetivos toponímicos Gaditanus y Ocuritanus. Entonces, si según la conjetura de Hübner Ocuritanus viene de Ocuri, ¿debemos inferir que la ciudad donde vivía un Gaditanus se llamaba en tiempos de los romanos “Gadi”?

Como es sabido, se llamaba Gades.

José Antonio Correa Rodríguez, que fue hasta su reciente jubilación catedrático de Filología Latina en la Universidad de Sevilla, es un especialista en epigrafía paleohispánica y latina al que me he dirigido para aprender más de todo esto. Y me ha explicado [Rs. 2, 3]:

El sufijo –itanus es muy frecuente en la Península Ibérica para formar en latín adjetivos a partir de topónimos de origen no latino (prerromanos) y su uso es sistemático con los topónimos en –i, que son abundantes. Por eso es usual entre los investigadores asociar este tipo de topónimo con el sufijo y deducir de un adjetivo toponímico en –itanus un topónimo en –i: por ejemplo, se acepta que la ciudad de Jaén se llamaba en la antigüedad Aurgi, aunque solo está documentado el adjetivo Aurgitanus. Pero no se trata de un sufijo exclusivo de los topónimos en ‑i, de ahí que de Gades se forma Gaditanus, como Vd. me indica, o de Malaca Malacitanus, etc. Esta sin duda ha sido la razón de que Hübner restituyera el topónimo como Ocurri, escrito, más adecuadamente, en la actualidad Ocuri [N. 23].

Hay topónimos que hacen el gentilicio en ‑itanus sin terminar en ‑i. Por ejemplo, Ebusus (> Ebusitanus) [R. 4]; Emporiæ (> Emporitanus); Abdera (> Abderitanus) [R. 5]; Cartima (> Cartimitanus) o Suel (> Suelitanus) [R. 3]. Siguen la misma norma nombres de lugar terminados en ‑is como Volubilis, Bilbilis, Ilicis, Constantinopolis, Calagurris o Iliberris, aunque habría que señalar que la mayoría de ellos también aparecen documentados sin la s final, rasgo que es una adaptación frecuente de griegos y latinos a topónimos en i, según Francisco Villar Liébana, catedrático de Lingüística Indoeuropea en la Universidad de Salamanca, que menciona los casos de Astigi(s) y Singili(s) [R. 7]. Por otra parte, como excepción a la regla, algún topónimo acabado en –is no hace el adjetivo en –itanus, como Hispalis (> Hispalensis) [N. 40].


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Las fuentes de información de Hübner (según él)

En los primeros años tras el descubrimiento de las inscripciones del Salto de la Mora, varias personas y una institución las reprodujeron en manuscritos o en imprenta dando cada cual una lectura más o menos diferente a las de los demás [N. 61]. La institución es la Real Academia de la Historia (RAH), que publicó en 1805 unas Memorias [R. 8] en las que escribió “OCVRRITANORVM. Seis décadas más tarde Hübner se encargaría de propagar este error.

En la entrada “XXIX. OCVRRI” del Corpus Inscriptionum Latinarum, reproducida más arriba, Hübner menciona las fuentes de las que se valió. Dice que Manuel Rodríguez de Berlanga (uno de sus mayores colaboradores) le había enviado unas transcripciones de los epígrafes realizadas por el historiador Juan Francisco Masdeu, quien a su vez las había recibido de Joaquín Cid Carrascal (presbítero) y Antonio Santaella (médico). Después cita a la RAH y a los supuestos informantes de dicha entidad: Andrés Palacio (en realidad, Palacios, vecino de Córdoba), Mateo Francisco de Rivas (aficionado a la historia, natural de Jabalquinto, Jaén) y Simón de Zamora (presbítero en Ubrique en aquellos tiempos). También menciona al arquitecto ubriqueño Miguel de Olivares.

En algunos artículos que he leído, sus autores han considerado la posible responsabilidad de cada una de estas fuentes en la generación y transmisión del error. A mi juicio, solo cabe atribuirla a la RAH, como trataré de demostrar a continuación.

>> Juan Francisco Masdeu

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Este clérigo jesuita (1744-1817) publicó en 1800 su Historia Crítica de España [R. 9] y en un “Apendiz” de la misma reprodujo correctamente los gentilicios, como puede comprobarse a la derecha. Fue, que yo sepa, la primera vez que las inscripciones se dieron a la imprenta [R. 97].

>> Manuel Rodríguez de Berlanga y Rosado

Ceutí de nacimiento pero malagueño de vocación y corazón (1825-1909), este jurista e historiador, una de las figuras clave de los estudios epigráficos andaluces del siglo XIX, fue un activo corresponsal de Hübner, a quien llegó a conocer en persona [R. 18]. imageCuando el sabio alemán estaba componiendo el libro que incluía la entrada sobre la antigua ciudad de Ubrique, Rodríguez de Berlanga le advirtió de que los gentilicios estaban escritos en las lápidas con erres simples, no dobles, observación que recogió el propio Hübner en sendas notas al pie de la entrada, como muestra la imagen de la derecha. Hübner precisa, no obstante, que la transcripción la recibió el malagueño de “un amigo” (y quizá esa sea la razón por la que no le hizo caso).

Lapida Cómodo Angel Pablo

>> Andrés Palacios

Este funcionario de Rentas de Correos, miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, envió en 1797 una carta a la RAH para informar de los hallazgos recientemente producidos en Ubrique [N. 2]. No se dispone de la misiva, pero en el acta de la junta ordinaria de la Real Academia del 7 de julio de 1797 [R.125] redactada por su secretario entonces, Antonio de Capmany Surís y de Montpaláu, se lee:

Di cuenta de una carta fch. en Cordoba á 29 de junio, en la qual D.nAndres de Palacio da noticias á la Acad. por mano del S.or Duque Director del hallazgo de varias antigüedades y monedas en una nueva excavacion hecha en terreno de la Villa de Ubrique, y remite copia de una Inscripcion romana q. se lee en una de las lápidas encontradas q. dice así =

Y a continuación se reproduce la inscripción de Cómodo como puede verse a continuación:

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Duque de la Roca - mediodia.orgEsta carta fue contestada por el director de la entidad, Vicente de Vera Ladrón de Guevara, Duque de la Roca (derecha), el 18 de julio de dicho año [R. 10].

El duque se refiere a “la copia de la inscripción romana que Vuestra Merced se sirvió dirigirme con su carta de 29 de junio último”, y agradece a Palaciosla remisión de la inscripción romana de los Ocuritanos, pueblo hasta aquí desconocido” (el subrayado es del autor de la carta [N. 3]). El director de la RAH le anima a seguir investigando sobre estos hallazgos:

Al paso que la Academia da a Vuestra Merced por mi mano las gracias, también me encarga le haga presente la necesidad que tiene para ilustrar este punto, de las noticias ulteriores y medallas que Vuestra Merced la [sic] ofrece enviar relativas a los descubrimientos que se han hecho y se vayan haciendo en dicha excavación: esperando del celo y buen gusto de Vuestra Merced no deje de adquirir todo cuanto pueda conducir a la historia y completo conocimiento de esas antigüedades; sin cuyos auxilios la Academia no puede pronunciar sobre la importancia o calidad de ellas; ni por consiguiente hacer honorífica mención de Vuestra Merced y del hallazgo en los tomos de sus Memorias, como desearía.

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El asunto de la inscripción de Ubrique fue tratado también en la Junta de la RAH del 21 de julio de 1797 [R. 129]. En ella se lee:

La Junta […] acordó pase este papel y el antecedente, remitido por el mismo [D.n Andrés de Palacios] sobre la inscripcion Romana de Ubrique, á ntro Antiquario el S.or Guevara, para q.e lo exâmine todo é informe con su parecer; á fin de poder contextar á dcho Palacios segun lo q.e mas convenga al bien de la Academia.

Dos meses después (17 de septiembre de 1797) Palacios envía otra carta, esta vez con copia de las dos inscripciones. Estas nuevas noticias sobre el “municipio Occurritano” (sic) las trató la junta de la RAH el 22 de septiembre de 1797 [Rs. 126, 128].

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La Academia ordenó de nuevo que se pasaran a José de Guevara, académico Anticuario, para que informase del contenido de las inscripciones. Además se acordó “excitar” a Palacios para que dirigiera e instruyera a los trabajadores con el fin de que miraran con más atención los monumentos que fueran descubriendo. Así se lo expuso el académico Antonio Capmany Surís Montpaláu (1742-1813) en una carta [R. 11]:

El excmo. Sr. Duque de la Roca presento á la Rl. Acada. de la Historia en su Junta ordinaria de 22 del corriente la Carta de Vm. de 17 del mismo, relativa a las averiguaciones que pudo Vm. hacer sobre el nuevo descubrimiento del antiguo Municipio Ocurritano, y sus resultas, cuya noticia ha apreciado mucho la Academia; como la copia de las dos Inscripciones que venían incluidas, que convendria que se ratificasen por ojos inteligentes. […] desearia la Academia se pudiese hacer un reconocimiento mas detenido y crítico sobre esos monumentos; asi como espera se ponga mas cuidado este invierno en la coleccion y conservacion: en los fragmentos, lapidas y monedas que se encuentren mayormente si Vuestra Merced con su buen zelo y amor á las antiguedades les anima é instruye en sus operaciones.

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Esta acta de la Real Academia del 22 de septiembre de 1797 es el primer documento que contiene la palabra “Occurritano” escrita con dos erres. Pero, además, aparecen dos ces. La escribió así el secretario de la Academia Antonio de Capmany. Sin embargo, en la carta de agradecimiento a Palacios el mismo Capmany suprimió una de las ces, lo que no habla muy en favor de su capacidad de transmitir textos fielmente.

>> La Real Academia de la Historia y su secretario José Andrés Córnide de Folgueira

imageLa RAH cumplió su promesa de “hacer honorífica mención” del informante en sus Memorias de 1805 [R. 8]. En la introducción a estas Memorias, titulada “Noticia histórica de la Academia desde el mes de agosto de 1796 hasta el de julio de 1802 leída por su secretario D. Josef Córnide en la Junta pública de 21 de este último”, se habla del descubrimiento de “un pueblo llamado Ocurritano” y de “una población llamada Ocurris”. Y se reproduce en la página XI la inscripción de Cómodo con una nota que indica que se trata de la remitida por Palaciossin alterar en nada su letra”. Véase a la izquierda la lápida y el comienzo de la nota.

En la página XII el secretario Córnide explica que Palacios envió después copia de “otras dos inscripciones romanas”, pero lo que quiere decir es que envió de nuevo copia de la de Cómodo más la de Antonino Pío (derecha), pues en aquellos momentos solo se conocían esas dos [N. 4].

Y en la página XIII, Córnide introduce a otro personaje importante en esta maraña que intento desenredar: Diego Clemencín Viñas (1765-1834), escritor, político y académico de la Real de la Historia:

imageContribuyó mucho la diligencia del señor Clemencín a ilustrar esta noticia con las que le comunicaron de Ubrique […]. No solo el señor Clemencín presentó una copia de la dicha inscripción, muy semejante a la que había remitido Don Andrés Palacio, sino otra dedicada al emperador Antonino, en el año V de su potestad tribunicia, que es como se sigue: (véase a la derecha).

De esos textos, tal como están escritos, se desprende que la Academia está copiando la transcripción de Antonino Pío hecha por Clemencín. Pero no es así; el académico redactó un informe para la RAH el 16 de julio de 1802 [R. 12] (solo 5 días antes del informe de Córnide) en el que figuran los letreros transcritos como se ve aquí abajo a la derecha [N. 5], y además nombró a la población “Ocuris”, con una sola erre. Véase:

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>> Simón de Zamora

Este cura envió a la RAH una misiva desde Ubrique el 28 de abril de 1805 [Rs. 13, 14] en la que plasmó todos los etnónimos con dos erres [N. 6]. Según él, la lectura la había hecho el académico Mariano Domingo Traggia Uribarri en una ocasión en que pasó por el pueblo al frente de un destacamento militar. No obstante, esta información no pudo influir en la Academia por razones cronológicas, aparte de que la transcripción de Córnide es muy diferente a la de Zamora-Traggia [N. 7].

image>> Miguel de Olivares

El conocido arquitecto neoclásico de Ubrique [R. 98] envió a la RAH el 12 de marzo de 1801 unos planos del edificio funerario del Salto de la Mora (que él consideró baños), de los que reproduzco más abajo un fragmento [R.15]. Pero en el texto que acompaña a esos planos no figuran los epígrafes. Por otro lado, Córnide no menciona a Olivares.

>> Mateo Francisco de Rivas

Este jiennense era a principios del siglo XIX individuo correspondiente de la RAH en Arcos de la Frontera, a cuya duquesa servía. En 1804 envió a la institución un documento titulado Descripción de varias Antigüedades halladas en el año pasado de 1798 en la villa de Ubrique, Reino de Granada, Partido de Ronda que fue leído en sesión ordinaria de la RAH el 4 de mayo de 1804 [Rs. 120, 127]. Rivas transcribe correctamente OCVRITANORVM, pero en el mismo documento escribe “Republica o Municipio Ocurritano”. Por otro lado, es lógico que Córnide tampoco cite a Rivas, pues el informe del secretario de la RAH –insisto– data de julio de 1802.

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La Academia creó el error y Hübner lo transmitió

Por lo dicho, y salvo que exista alguna otra fuente que haya desaparecido o quedado en la oscuridad, el originador del error fue un secretario de la Real Academia de la Historia: o bien Antonio de Capmany, que lo era en 1797, o bien José Andrés Córnide de Folgueira, que lo era en 1802. Emil Hübner fue su principal propagador. (El papel de Andrés Palacios no está muy claro [N. 9].)

Que el alemán se sujetó al principio de autoridad de la RAH lo acreditan los siguientes hechos:

  1. Hübner escribe el apellido de Andrés Palacios sin la –s final, igual que la Academia y a diferencia de todos los demás intervinientes:
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  2. El alemán dice que Palacios informó a la RAH en 1802. Eso es, precisamente, lo que deduciría cualquiera que lea el informe de Córnide, que es confuso en las datas, pero es evidente que las cartas del cordobés son de 1797 [Rs. 10, 11; N. 11].Epígrafe de Antonino Pío (RAH y Hübner)
  3. Si comparamos los epígrafes de la RAH y de Hübner sobre estas líneas veremos que son sustancialmente iguales, y en lo que no lo son el alemán explica por qué [N. 12]:
    1. Línea 3: en vez del “PART” de la Academia, Hübner escribe “PARTh” (la h minúscula cursiva indica la posibilidad de que ahí vaya esa letra, ya que la abreviatura se refiere a “PARTHICI”), pero en una nota reconoce: “PART traditur”, es decir, “informado PART”.
    2. Línea 5: la RAH escribe “PIO” aclarando en una nota al pie que “debe decir T. AELIO”. Hübner le hace caso y traslada “t. aelIO” explicando en una nota: “PIO·HADRIANO acad., Masd., IO Berl.”, lo que quiere decir: “según la Academia y Masdeu, ‘PIO’; según Berlanga ‘IO’”. (Los autores actuales anotan “[AEL]IO” [R. 16] o “[T AEL]IO” [R. 17].)
    3. Líneas 8 y 9: la RAH deja unos espacios punteados para indicar que ahí falta algo. Hübner los completa con lo obvio: “res. PVB·” y “deCRETO·”.
  4. En la inscripción dedicada a Cómodo, Hübner anota al pie los mismos argumentos que dio José Córnide en las Memorias de la Academia de 1805 para demostrar varias incoherencias cronológicas que contiene el texto del epígrafe.
  5. Hübner opta por “OCVRRITANORVM” a pesar de que su corresponsal Manuel Rodríguez de Berlanga le dijo que la palabra estaba escriba con erres simples, como se desprende de las notas “OCVRITANOR, Berl. male.” ( = “OCVRITANOR, Berlanga, mal.”) que he reproducido más arriba.
  6. Hübner tampoco sigue a Masdeu, pues donde este transcribe “NAERVAE”, “PARENEPOTI” y “POTET” el alemán pone “NERVAE”, “PART·NEPOTI” y “POTEST” (como la Academia).


Causas del error: obedecer el principio de autoridad y copiar mal

ocur1-5De lo anteriormente expuesto cabe concluir que Hübner se equivocó porque dio más credibilidad a un documento escrito seis décadas antes por la Real Academia de la Historia que al testimonio contemporáneo de su corresponsal Manuel Rodríguez de Berlanga (derecha) [N. 13]. Y dentro de la RAH, el responsable directo fue su secretario, José Andrés Córnide Folgueira, que no prestó la debida atención al informe de su colega Diego Clemencín [N. 10]. La Academia se equivocó por negligencia y Hübner por seguir el principio del magister dixit.

Muchas décadas más tarde, Fray Sebastián de Ubrique (Antonio Carrasco Cides en el siglo), en su Historia de la Villa de Ubrique [R.19], también aplicó el argumentum ad verecundiam, aunque con ese matiz ad libitum que le era característico. Él sabía, y así lo admite, que “en ambas piedras es indubitable la lección OCVRITANORVM” [N. 14], a pesar de lo cual concluye:

Respecto al nombre de Ubrique hay gran divergencia. Hübner copió OCURRITANORUM y por tanto OCCURRlS; Mateos Gago leyó Ocuris; la inscripción preinserta lo llama Ocori [N. 15]. Tal vez sea más conforme al nombre ibérico o libio-fenicio OCCURRIS. […]
[…]
Examinando el nombre de Ubrique, Occurris u Ocori y el de los ubriqueños antiguos, ocurritanos, se ve que entra de lleno en la denominación y origen libio-bereber.

COPISTA MEDIEVALES

¿Por qué cometemos errores al copiar?

Creo que el origen de este gazapo está en un lapsus calami, es decir, un error involuntario al escribir. Todos los informantes de la Academia tuvieron en algún momento que leer las inscripciones (in situ o de alguna transcripción previa) y copiarlas. Según los pedagogos, para realizar correctamente las tareas de lectoescritura nuestro cerebro sigue simultáneamente una ruta fonológica y otra ortográfica, y preferentemente la primera cuando las palabras que se copian son “poco familiares o el sujeto adolece de poca práctica escritural”. De acuerdo con Mario Pujol Llop [R. 20], en ese caso es “la ruta fonológica la primera en aportar una forma léxica, pero al mismo tiempo la ruta ortográfica también entra en funcionamiento, buscando representaciones léxicas semejantes a la que ha aportado la otra ruta, para comparar y reducir la posibilidad de error” [N. 16].

Aplicando esta teoría al caso, si alguien ve escrita la palabra “OCVRITANORVM” y tiene que copiarla, lo más probable es que lea la palabra pronunciándola para sí en voz alta o baja –de hecho, mucha gente lee subvocalizando, lo que se advierte por un ligero movimiento de la glotis– y al mismo tiempo trate de “fotografiarla” para recordar que a la hora de escribirla deberá tener en cuenta esos rasgos tan peculiares como son las dos V en vez de U y la M final. Es decir, se desencadenarían al mismo tiempo los mecanismos fonológico y ortográfico, aunque quizá predominará el primero por el carácter exótico del vocablo.

Pues bien, la teoría de la doble ruta explica por qué solemos equivocarnos al copiar palabras poco familiares, infrecuentes o pseudopalabras, como es el caso:

[…] cuando el escritor debe enfrentarse a la escritura de palabras inexistentes o desconocidas para él, no solo opera mediante la transformación de los sonidos oídos en grafemas, sino que alternativamente realiza también una búsqueda dentro del léxico ortográfico de patrones ortográficos de palabras familiares que le sirvan de referencia para escribir la palabra desconocida, y también realiza una búsqueda en el léxico fonológico para encontrar palabras que mantengan una similitud fonológica con la desconocida y que le sirvan, tanto para orientar su escritura mediante las reglas de conversión fonema-grafema, como para obtener pistas en la búsqueda dentro del léxico ortográfico. Esta estrategia se denomina procesamiento fonográfico por analogía [R. 20]

Basándome en eso, a mí parecer los que escribieron OCVRRITANORVM en vez de OCVRITANORVM se equivocaron por buscar inconscientemente analogías tanto fonológicas como morfológicas con otras palabras más familiares. Téngase en cuenta que el fragmento “ocurri” tiene una frecuencia considerable en castellano debida al verbo ocurrir y todas sus formas (ocurrido, ocurrió, ocurriera, ocurría, ocurriendo, ocurrirá…). Ocurrir viene del latín occurrere, relacionado con currere (correr), vocablo que ha resultado muy productivo en nuestro idioma al dar lugar a los verbos concurrir, discurrir, escurrir, incurrir, recurrir o transcurrir y voces afines como correr, acorrer, socorrer, recorrer, corredor, corredero, corredizo, correduría, corriente, socorro… Por otro lado, los términos que contienen “curi” son mucho menos frecuentes que los que contienen “curri”. Más significativo aún: no hay ni una sola palabra española en la que se halle el fragmento “ocuri” [R. 21, N. 43].

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Simón de Zamora, cura de Ubrique, que escribió siempre los etnónimos con erre doble [R. 14], quizá sea uno de los primeros ejemplos de los individuos que pudieron incurrir en este procesamiento erróneo por analogía o paronomasia. Pero si la hipótesis que he expuesto es correcta, este tipo de error tendría que seguir produciéndose en la actualidad. Y así es. Hace pocos años se escribió un magnífico trabajo que recopila los documentos más antiguos relacionados con el descubrimiento de las ruinas. Pues bien, a pesar del esfuerzo y la mejor voluntad que ponen los autores en transcribir fielmente los manuscritos, y a pesar de que conocen perfectamente la problemática, transcriben “Ocurris” donde Diego Clemencín escribió claramente “Ocuris”, y “Ocurritanos” donde el Duque de la Roca plasmó “Ocuritanos”, como he mostrado en unas imágenes más arriba [N. 6].

Por otra parte, creo que del riesgo de establecer erróneamente analogías fonéticas o gráficas con palabras comunes de nuestro idioma no está libre nadie. Pero, paradójicamente, los especialistas están expuestos a un peligro añadido: su propia erudición. Porque saben que existen topónimos morfológicamente análogos al que nos ocupa en los que históricamente se han constatado vacilaciones r/rr, i/is y c/cc, es decir, las mismas que ha experimentado artificialmente el nombre “Oc(c)ur(r)i(s)desde hace dos siglos. Me ocupo de ello a continuación.


Vacilaciones ortográficas en la toponimia prerromana

Aunque existen muchos tipos de “indefiniciones” toponímicas, me referiré a las tres citadas.

>> Vacilación r/rr

gracurrisBixente Latiegi [R. 22] encuentra frecuentes “intercambios” r/rr en topónimos del norte de España y cita los casos de Calagur(r)is, Gracur(r)is, Bitur(r)is y Tur(r)iaso [N. 18].

Efectivamente, Tito Livio escribe tanto Graccurris como Graccuris [R. 23]; Ptolomeo, Grakouris [R. 24]; y también están documentadas Gracchuris, Graccuritani y Graecuris [R. 25], más Gracuris [R. 26].

Prácticamente la misma diversidad ofrece Calagur(r)is. Salustio recoge el nombre con una sola r, pero Livio y Estrabón emplean dos, así como el CIL [R. 1]. Asimismo están registrados los nombres Calagorina, Calagurria y Calagurra [R. 25].

Otros casos son los de Ilarcur(r)is [R. 27] y Laccuris/Larcuris/Lacurris/Lacuris [Rs. 28, 35].

Nótese que todos los topónimos mencionados contienen el fragmento urri/uri. El investigador portugués António José Marques de Faria ha establecido un posible paralelismo entre *Ocuri (el asterisco indica que se trata de una palabra deducida, no documentada) y algunos nombres de lugar que contienen el lexema uri como Gracchuris y Laccouris [R. 29, N. 17].

imageOtro ejemplo muy conocido de vacilación r/rr es el de Iliber(r)is, que ya notó Francisco Javier Espinosa y Aguilera, el Cura de Cortes [R. 30], al observar monedas de esta ciudad (actual Granada) en las que está inscrito el topónimo con erre simple y otras con erre doble, opinando que esto “acredita la varia escritura que admitió este nombre en tiempo de los romanos : que la duplicación de la R no fue depravación de los Godos (…). Actualmente, incluso la entrada de la Wikipedia correspondiente a esta antigua ciudad comienza así: “Ilíberis, o Iliberri…” [R. 31]. En otras medallas se lee ILIBERI e ILIBERRITAN [Rs. 32, 114] El CIL recoge Iliberris e Iliberri Florentia [R. 1].

José Antonio Correa [R. 101] ha estudiado el caso de este topónimo y sus conclusiones son muy interesantes:

En latín aunque las consonantes geminadas existían fonéticamente desde siempre, por así decir, no se comenzaron a escribir como tales hasta el s. II a. C. y su uso se generaliza en el s. I a. C. Esto explica que la leyenda monetal sea Iliberi (pero se pronunciaba [iliberri]), pues es de mediados del s. II a. C., y en cambio en las inscripciones, que son ya de época imperial (primeros siglos de nuestra era), aparezca sistemáticamente Iliberritanus (solo está documentado el adjetivo).

>> Vacilaciones c/cc e i/is

En cuanto a la alternancia de c y cc observada en distintos documentos epigráficos y literarios, se pueden mencionar, aparte de los Grac(c)urris y Lac(c)uris ya dichos, los casos de Iptuc(c)i [R. 33], Acatuc(c)i [R. 34] o Uc(c)ubi [R. 36]. Imagino que esto puede deberse a una evolución del sonido cc a c (o viceversa) en algún momento histórico o a simples errores ortográficos, que son relativamente comunes en escritos antiguos [R. 37]. José Antonio Correa me explica que “la cuestión de las variantes consonante geminada / simple en la escritura latina es compleja y hay que verla caso a caso” [R. 101].

Y sobre la indefinición i/is, los especialistas en Filología Histórica han constatado que la agregación de la -s es un fenómeno característico de latinización. Hay muchos ejemplos: Iliberi(s), Ucubi(s), Astigi(s), Singili(s), Bilbili(s), Calagurri(s), Baesuri(s), Murtili(s), Saetabi(s), Volubili(s)[Rs. 7, 38; N. 44].

Moneda de Iptuci

¿Por qué se producen las indefiniciones ortográficas?

Francisco Mateos-Gago [R. 39], refiriéndose a la dificultad de conocer el verdadero nombre de Iptuci (pronúnciese Iptuki) a partir de sus medallas dijo:

aun concediendo (…) que estas monedas son bilingües, y que en la leyenda desconocida de los reversos debe leerse el nombre Iptuci de los anversos, sería preciso averiguar luego con que letras escribieron y cómo llamaron a su pueblo aquellos indígenas. Los romanos ciertamente lo tradujeron por Iptuci: pero sabido es que estos escritores se quejaban de la barbarie y extravagancia de los nombres propios con que los naturales de España designaban a sus ciudades, ponderando la dificultad que encontraban en su pronunciación. ¿Cómo, pues, averiguar que tales letras inciertas correspondan a tales otras de la traducción latina? Si un español completamente imperito en la escritura francesa hubiese de copiar al oído la palabra Burdó, ciertamente no se le ocurriría escribir Bourdeaux.

Cuando los fenicios llegan a las costas andaluzas acompañados de su importantísimo alfabeto (del que derivaron más tarde, entre otros, el griego y el latino) se encuentran con pueblos de lenguas muy diferentes a la suya que aún no conocen la escritura. A la hora de trasladar gráficamente los nombres indígenas de lugares a los documentos, los fenicios lo harían según su oído y sin usar vocales, pues su abecedario no las poseía (lo que no quiere decir que no las pronunciaran, claro [N. 49]). Es decir, hacían lo que se llama una interpretatio. Por su lado, los nativos van creando sus propios alfabetos adaptando el fenicio (los turdetanos, por ejemplo, introducen nuevos símbolos para sílabas completas y a menudo escriben vocales redundantes [R. 96]).

Es razonable suponer que todos los tipos de alfabetos no sean igualmente capaces de reproducir las formas habladas de los topónimos, formas que, para colmo, serían diferentes según la etnia hablante. Por ejemplo, muchas palabras rusas que quedan plasmadas de modo determinado en alfabeto cirílico no pueden verterse tan fielmente al latino, y esa dificultad quizá contribuya a explicar, por ejemplo, que un ruso llame a su capital [máskovaa] y un inglés [máscou] [N. 19].

Cuando llegaron los romanos, estos pudieron tener acceso a más de una versión escrita de los topónimos y también pudieron oírlos pronunciar de distinto modo a fenicios e indígenas. Además, el genio del idioma latino y el oído particular de la persona que consignaba gráficamente cada nombre influirían en su plasmación [N. 20]. Por ejemplo, es sabido que los lexemas ibéricos ilti-, iltu- (fonéticamente [ildi], [ildu]) fueron habitualmente latinizados como ili-, ilu- [R. 96]. Hay casos en que los latinos cambiaban inconsciente o deliberadamente las palabras fenicias según creían que debían ser escritas. Por ejemplo, adaptaron un topónimo fenicio que se pronunciaba algo así como [Turirekina] a Turri Regina (“Torre Reina”), haciendo lo que los filólogos llaman un “metaplasmo etimologizante” [R. 99, N. 45].

Los mismos filólogos no siempre tienen claros los mecanismos por los que nos han llegado nombres diversos del mismo lugar. Por ejemplo, a propósito de Obulco José Antonio Correa [R. 96] explica que:

El propio nombre de la ciudad varía en las dos escrituras (ibolka, OBVLCO), que yo interpreté hace años como un hecho de adaptación de la forma indígena a la estructura del latín, pero que tal vez corresponda además a la denominación de la ciudad en dos lenguas distintas (los latinos habrían elegido la más cercana a su lengua, tal vez con una ligera adaptación; pero es cuestión nada clara). En todo caso era una ciudad donde el estamento dirigente en época republicana tenía nombres diversos lingüísticamente.

Todos estos fenómenos tienen naturaleza más bien sincrónica, pero, por supuesto, también hay que tener en cuenta efectos diacrónicos. Me refiero a la evolución natural de las lenguas, que altera las palabas por muy diversas razones, muchas de los cuales los especialistas conocen. No tengo que recurrir a ejemplos lejanos; el mismo Ubrique actual aparece como Obrique a finales del siglo XV [R. 40], y eso que por entonces la gramática española empezaba a quedar fijada, circunstancia de que debería haber ayudado a mantener esa forma hasta la actualidad.

Por si no he consignado aún todas los motivos que pueden provocar “entropía lingüística” en toponimia, queda considerar que aunque muchos nombres de lugar nos han llegado por vía epigráfica (es decir, grabados en materiales duros –piedras, plomos, bronces, monedas, ánforas, cerámica– en el mismo momento histórico en que estas palabras se estaban usando en el lenguaje oral), otros han alcanzado nuestra época por vía literaria mediante documentos redactados por compiladores a partir de fuentes originales diversas y muy anteriores a su tiempo, viéndose a menudo el documentalista obligado a discriminar según su mejor criterio, motivo que contribuye a explicar que compiladores diferentes den nombres diferentes.

pLICIO EL VIEJO

Por ejemplo, el etnógrafo Plinio el Viejo reunió en la segunda mitad del siglo I d. C. una buena colección de nombres de lugar prerromanos (es decir, más viejos que él al menos un cuarto de milenio) de la Península Ibérica basándose en cartografías (mapa de Agripa, planos militares de la conquista, derroteros y periplos costeros e hidrográficos…) y en documentos administrativos (listas de ciudades estipendiarias, censos…), todos ellos redactados a lo largo de siglos [R. 41]. Por eso, este autor se encontró con lo inevitable: la existencia de variantes con las que tuvo que lidiar:

Por esta razón, no seguiré a un único autor, sino que a aquél que en cada parte considere el más verosímil, porque casi fue común a todos el que cada uno nombrase de forma muy diligente aquellos lugares en los que él mismo había estado. Pero no culparé ni corregiré a ninguno [Plin. NH III.1.6 en R. 41].

Este autor llega a decir que omite en su catálogo algunos topónimos de la Bética por su “dificultad de pronunciación” [R. 96].

Después vienen nuevos compiladores que se basan en los anteriores, sin que podamos descartar que hayan introducido más ruido, consciente o inconscientemente. Por ejemplo, se sabe que el texto del Anónimo de Rávena (siglo VII d. C.), que describió muchos itinerarios romanos, fue muy corrompido por los sucesivos copistas medievales [R. 42].

Así que la mayoría de los topónimos antiguos podemos considerar que son como un árbol, con un único tronco original del que el tiempo ha hecho nacer ramas. Creo que ningún topónimo prerromano conocido actualmente podemos pretender que sea el “verdadero” porque, aunque admitamos que cada ciudad tuviera inicialmente un nombre “único” que todos los del lugar y cercanías pronunciaba igual, este debe de haberse alterado mucho con el tiempo. Lo que sí podemos es, en el caso de que nos hayan llegado varias formas del nombre, tratar de explicar esa circunstancia y, quizá, encontrar la forma prístina o la que pueda representar mejor lo que fue el sitio históricamente.

Leandro Cabello, Salto de la Mora 2010

En cuanto al nombre de la ciudad del Salto de la Mora, su “variabilidad” no es paradigmática de ninguno de los procesos expuestos, ya que es artificial y contemporánea, surgida de lapsus calami y de la sujeción un tanto atolondrada al principio de autoridad. Pero resulta sorprendente que este topónimo haya sufrido en los dos últimos siglos vacilaciones idénticas a las que experimentaron de forma “natural” otros morfológicamente parecidos (como Gracurris).

En Ubrique, desde que Fray Sebastián, basándose en Hübner, estableció el nombre de Occurris u Ocurris [N. 46] como topónimo de la antigua ciudad de la Sierra de Benalfí, todo el mundo ha dicho Ocurri (a la andaluza), hasta que los historiadores han reparado en que es más científicamente correcto Ocuri (y sin duda lo es). En ese momento han dejado de emplear los Ocurris que plasmaron en sus primeros textos y han desplegado una actividad “pedagógica” que de vez en cuando suscita polémicas.

En una publicación reciente leo que “Ocuri u Ocurris era el topónimo del oppidum ibero-romano que se situaba sobre el monte hoy conocido como Salto de la Mora, junto a Ubrique”. Esa actitud de admitir ambas formas, al menos en el lenguaje coloquial, me parece la más sabia por tolerante y porque, como digo, creo que es un tanto maniqueo pretender que exista un topónimo “único y verdadero”. Si no somos un poco transigentes en esta cuestión, tendríamos que aceptar que mil millones de chinos nos reprendan por seguir diciendo y escribiendo Pekín en vez de Beijing.

Además, recientemente subió al escenario toponímico un nuevo actor llamado Ócur que reclama protagonismo en esta historia. Me ocupo de él en lo que sigue.


1. Gazapos | 2. Monedas | 3. Palabras | 4. Notas | 5. Referencias


II. “Nummus dat consilium et sedat prœlium


Monedas en el Salto de la Mora

En 1793, un ubriqueño llamado Juan Vegazo decidió “poner viña [en el Salto de la Mora], para que con los hoyos, cavas y labores correspondientes poder descubrir lo que debajo de tierra pudiera haber”, según explicó él mismo en un manuscrito que se ha perdido pero del que conocemos retazos gracias a Fray Sebastián de Ubrique [Referencia 19, Nota 64]. En ese documento se hacen varias referencias a monedas encontradas en las primeras excavaciones.

A corta distancia [del “llano de la derecha, frente a la entrada”] se descubre un horno hundido, por verse el principio abovedado y los ladrillos quemados y paredes próximas de cantería; y, procurando desenvolver este terreno, encuentro monedas, plomo, metales, hasta que, cansado de tanto gasto, lo dejé, aunque mi deseo era excavar el terreno de la sierra, para dar alguna noticia a la nación.
Próximos a uno y otro lado del horno que figuro, hay dos grandes majanos de cantos y piedras, y advirtiendo a la mano derecha entre las piedras, vese la tierra quemada, y en ella un moco de hierro con abundancia, hierrecillos, como si en otro tiempo hubiera habido allí fragua. Vuelvo a porfiar con nuevos gastos, y reparo que catorce hombres que acudían a trabajar acudían con afán a recoger monedas, de que algunos llenaron sus faltriqueras. Recogí algunas y me costó gratificarles, por conservar las bellas figuras que se demostraban y por su antigüedad. En este sitio me parece había fundición, por encontrarse moneda por acuñar. pedazos de metal, cobre, plomo, hierro, acero, escorias condensadas del fuego, un garfio de metal, muchas púas de hierro de a cuarta. pedazos de calderas, varios trozos de cuchillos u otros instrumentos cortantes, todo corroído por el tiempo.

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Había moneda por acuñar”, decía Vegazo. Esto parece sugerir que la ciudad tenía ceca propia. Pero Fray Sebastián no lo cree así:

No es probable que Occurris, durante la dominación romana, batiera moneda, aun a pesar de que las excavaciones practicadas por D. Juan Vegazo parecen comprobar la existencia de hornos y restos de fundición, con discos por troquelar. aunque más parecen pertenecer a industrias bélicas.
Tienen monedas autónomas Iptuci. Carissa, Carteya y Cádiz. Ni aun registrando las colecciones de los museos ni la Nueva Clasificación de Monedas Autónomas de D. Antonino Delgado, hemos podido encontrar monedas batidas en Occurris
[Nota 53]
.
Esto no obstante, en las ruinas descritas se han ido encontrando, durante más de un siglo, infinidad de monedas. El docto numismático don Francisco Mateos Gago, conocedor de esta región, por ser natural de Grazalema, reunió una valiosa colección que ha ido a parar a los Museos de Cádiz y Sevilla; y nosotros mismos y nuestros amigos D. Serafín Bohórquez y D. Francisco García hemos ido reuniendo pequeñas colecciones de procedencias distintas.
En cuanto a las halladas en Occurris, son de Gadir, con leyenda fenicia o hispano cartaginesa, unas con el templo de Hércules y otras con el atún. Monedas de Iptuci, Carissa y Carteya, de la cual conservo una donada por D. Adrián Fernández, encontrada en Iptuci, lo cual prueba el intercambio monetario de estas ciudades. Abundan las imperiales de distintos emperadores, unas de Adriano, Trajano, hasta Constantino, Teodosio, Arcadio y Honorio. Claro es que en el porvenir pueden darse sorpresas; pero mientras, nosotros nos limitamos a consignar el resultado negativo hasta ahora de nuestras investigación.

También se lee en el libro de este autor que:

El segundo nivel de Occurris debe ser fenicio, pues las monedas más antiguas halladas en sus ruinas en los niveles más profundos son hispano-fenicias con leyenda fenicia de Cádiz.
[…] La dominación cartaginesa en Ubrique se comprueba porque las monedas encontradas en los niveles más profundos de Occurris llevan el clásico atún, característico de las monedas gaditanas y leyenda con caracteres fenicios (Aggadir).

En una carta enviada al sevillano conde del Águila por Juan Vicente Vegazo Montesdeoca, descubridor del yacimiento, este dice:

mi estimado difunto, fue el unico qe. contoda propiedad vio y poseyo las mas de las monedas, iscrisiones, y los dos bustos, de Ercules, y proserpina qe. vio en esta eredad, remitiendole las noticias qe. no havía uisto; asu muerte proqure recoxer las monedas y copias de las iscriciones, remitiendome estas y parte de las monedas; Esa señora podra franquearle las iscriciones en linpio ô algunas monedas, y quando no, Dn. Jph Paes, su querido amigo, conservara como aficionado el todo de este desqubrimiento; La aCademia de Madrid tiene todas estas noticias, y el Alar Masdeus, para ponerlas en la istoria; el Duqe. de Arcos, tiene este corexidor oden de recoxer estos preciosos (aunque imperfetos) bustos y demas lapidas; si yo lo permitiere; he gastado munchos pesos en su descubrimiento, y solo dose monedas conservo y lo demas por dificir de recoxer se quedan en los sitios

La Real Academia de la Historia tuvo conocimiento de la existencia de estas monedas a través del informe que le elevó Diego Clemencín el 16 de julio de 1802 [R. 12]:

Al hacerse últimamente un plantío de viñas y frutales [en el Salto de la Mora, de Ubrique], se han hallado más de 400 monedas de que tengo en mi poder 16, trece imperiales desde Augusto hasta Constantino magno y tres españolas, de las cuales una es dudosa, otra de Carissa y otra de Carteya rarísima según el Padre Flórez.

El cordobés Andrés Palacios ya había enviado en 1797 o antes algunas piezas a la institución, pero esta no las quiso porquese han inutilizado con el vinagre” [R. 11].

En 1805, el jiennense Mateo Francisco de Rivas envió a la RAH una carta en la que decía: “Igualmente se hallaron varias monedas de Emperadores Romanos grabadas en ellas sus cabezas y de reversos diferentes, posteriores al tiempo de César…[R. 44].

Y seis años más tarde, el presbítero en Ubrique Simón de Zamora, en carta a la RAH [R. 13] afirmaba: “Se encontraron en la plantación y excavación algunas monedas de cobre, no sé si alguna de plata, pero ni las adquirí, ni vi, y aquellas con busto de emperadores, y de armas o significados de ciudades como eran atunes de que se batió por Cádiz y Abdera o Adra moneda”.

Ya en tiempos más recientes, en 1928, Fray Sebastián escribió en la entrada Ubrique de la Enciclopedia Espasa [Ref. 117]:

Ubrique fue colonia fundada por los fenicios para comerciar con las tribus celtas de la serranía, á las que servía de divisoria con los turdetanos el río Lethe. El carácter fenicio de la colonia primitiva lo demuestran las numerosas monedas halladas.

Manuel Cabello Janeiro, maestro de Ubrique, gran aficionado a la historia y la arqueología locales, cuyo entusiasmo propició unas excavaciones en el yacimiento realizadas en los años 1970 por Salvador de Sancha, escribió unas Memorias [R. 45] en las que afirmaba que aparecieron muchas medallas romanas. Tres décadas más tarde, el arqueólogo Luis Javier Guerrero Misa realizó intervenciones de urgencia y trabajos de consolidación en la muralla ciclópea del Salto de la Mora entre 2001 y 2003 y halló nueve monedas de Carteia, un bronce de Domiciano, un dupondio de Adriano, una pieza de Antonino Pio y una de Iptuci [Rs. 46, 47].


La moneda “OQVR”

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Claro es que en el porvenir pueden darse sorpresas”, escribía Fray Sebastián en 1944 [R. 19], y fue como una premonición. Porque exactamente medio siglo más tarde el especialista Leandre Villaronga nos dio esa sorpresa. En su catálogo numismático Corpus Nummum Hispaniae ante Augusti Aetate [R. 48] editó la moneda de bronce que reproduzco a la derecha.

image_thumb511.pngSegún este autor, el anverso contiene una cabeza con barba y diadema; y el reverso un bastón o cetro separando dos campos rodeados de una láurea. En el campo superior se aprecia una luna creciente, un glóbulo y estrellas de cinco puntas, y en el inferior las letras O, Q, V, R, con la V y la R unidas (imagen de la izquierda).

Villaronga atribuyó la moneda a Iptuci sin explicar por qué, aunque es de suponer que entre sus datos figuraba que había aparecido en dicho yacimiento del término de Prado del Rey, a unos 10 km en línea recta del Salto de la Mora, Pero el especialista António Marques de Faria notó que la tipología del reverso no es la habitual en las monedas de Iptuci (una rueda con radios) y que la leyenda se parecía al nombre aceptado de la antigua ciudad de Ubrique, por lo que propuso que la pieza cabría atribuirla más bien a una nueva ceca, la de “Ocuri [Rs. 38, 49, 50]. Desde entonces la comunidad científica viene asumiéndolo así.

En 2001 la moneda aparece recogida en el Diccionario de cecas y pueblos hispánicos de Mª Paz García-Bellido y Cruces Blázquez, concretamente en la entrada titulada “OQVR[I]” (v. II, p. 302) [R. 51]. El subrayado de las letras V y R indica que están nexadas; el corchete que encierra a la letra I supongo que quiere manifestar dubitaciones varias. Estas autoras confirman que la lectura es “OQVR”, si bien en una nota a pie de página sugieren que también podría ser “OQTVR”, quizá queriendo ver algún trazo rematando el segmento izquierdo de la V. José Antonio Correa lo descarta siguiendo un criterio filológico: “en latín no se escribe Q seguida de consonante” [R. 2].

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Esta medalla pudo ser acuñada, según Villaronga, en algún momento entre los años –100 y –1. García-Bellido y Blázquez, aunque advierten de que la cronología es incierta, sugieren también que podría datar del siglo I a. C. Y José Antonio Correa aporta una información interesante al respecto: “la escritura de la forma arcaica QV en vez de CV es muy probablemente anterior a la época imperial, que se inició en 27 a. C.; todavía en época de Cicerón (s. I a. C.) se escribía habitualmente pequnia (‘dinero’) en vez de pecunia, incluso en la abreviatura peq.”[R. 3].

Eso supondría que el documento epigráfico de la moneda “OQVR” es mucho más antiguo que las inscripciones honoríficas que contienen la palabra OCVRITANORVM, que datan de los años 142 y 186 d. C. aproximadamente. Entre moneda y lápidas puede haber una diferencia de un cuarto de milenio o más.

En el año 2009 se publicó en un catálogo una segunda moneda con las mismas características que las de Villaronga [R. 116]. Y no hace mucho apareció en el mercado numismático un tercer ejemplar de esta ceca [R. 53]. Este último, reproducido más arriba, tiene el defecto de tener desplazado el cuño del reverso hacia la derecha, lo que no permite comprobar si detrás de las letras O, Q, V y R existe alguna otra [N. 54], pero en los dos anteriores se aprecia claramente que no.


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Tipología de las monedas púnicas

Los elementos figurativos que contiene la moneda OQVR no son propios de la cultura romana, sino de la púnica (íntimamente relacionada con la fenicia y la cartaginesa, aunque estas tres denominaciones no tienen el mismo significado histórico). Destacan los típicos símbolos astrales (una luna creciente con un glóbulo en su interior y dos estrellas de cinco puntas) y la cabeza supuestamente del dios cartarginés Baal Ammón [R. 51].

image112_thumbGarcía-Bellido y Blázquez encuentran “enormes similitudes estilísticas” entre esta medalla y otras atribuibles a cecas púnicas como las de Iptuci, Balleia (en algún lugar de la provincia de Badajoz), Tagilit (Tíjola, Almería), Asido (Medina Sidonia) o Carteia (término de San Roque), todas las cuales contienen también símbolos astrales y/o cabezas de Baal Ammón. Estas autoras consideran que la moneda sigue también los patrones metrológicos de las púnicas de Iptuci y Gades [R. 51].

image_thumb36Una característica de la moneda “OQVR” que llama inmediatamente la atención es que, habiendo sido acuñada con gran probabilidad por una “comunidad de carácter púnico” [R. 51], tiene la leyenda escrita con letras latinas. ¿Cómo puede ser así si los púnicos tenían su propio alfabeto (y de mucha alcurnia, por cierto)? Esta aparente contradicción podemos entenderla situándonos en el contexto de la época.

Cuando los romanos entraron en la Península y doblegaron a los púnicos, no los expulsaron. Estos, y también los aborígenes, siguieron habitando sus asentamientos, y, aunque bajo soberanía romana, la administración de muchas ciudades probablemente siguieron ejerciéndolo estamentos de origen y habla púnicos que pronto aceptaron el latín.

Mª Paz Bellido y Cruces Blázquez lo explican muy bien en su Diccionario de cecas [R. 51]:

Roma no intentó centralizar, homologar o imponer ningún factor cultural en las cecas ulteriores, algunas ya en marcha en el –218 [año de la llegada de los romanos a la península].
[…]
en el rico valle del Guadalquivir las primeras acuñaciones llevan ya leyenda latina aun cuando la iconografía y la metrología de muchas de sus ciudades sean púnicas. Esta contradicción nos hace reflexionar sobre la facilidad con la que el latín entró en la Bética como lengua vehicular, usándose en las leyendas monetales de ciudades púnico-turdetanas. Las ciudades púnicas pasan a usar el latín en el siglo 1 a.C., excepto Ebusus, Abdera y Gades (…) [pp. 37 y 39] El latín penetra en la Península por medio de la conquista territorial conllevando una latinización que no será total, en cuanto a epigrafía monetal se refiere, hasta la segunda mitad del siglo 1 a.C..


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Turdetanos, íberos y púnicos/fenicios/cartagineses

Siglos antes de que los romanos ocuparan la Península, una civilización llamada Tartessos se extendía por lo que hoy es el triángulo provincial Cádiz-Sevilla-Huelva y el Algarve portugués, y quizá áreas aledañas. Solo nos han llegado noticias de uno de sus reyes, Argantonio, el hombre de plata, que al parecer murió en torno al 550 a. C. En ese momento se esfuman las referencias históricas a este pueblo que se dedicaba prósperamente a la agricultura, la ganadería y, sobre todo, la minería. No se sabe si es que su economía decayó o resultaron los perdedores de algún conflicto; el caso es que las siguientes generaciones de ese pueblo ya son conocidas por la historia con otro nombre: los turdetanos (y, relacionados con ellos, los túrdulos).

Según el geógrafo griego Estrabón, que vivió a caballo entre los siglos –I y I, estos descendientes de los tartesios [R. 54]:

tienen fama de ser los más cultos de los iberos. Poseen una “gramática” [alfabeto] y escritos de antigua memoria, poemas y leyes en verso, que ellos dicen de seis mil años. Los demás iberos también tienen también su “gramática”, más esta ya no es uniforme, porque tampoco hablan todos la misma lengua…
Las orillas del Betis son las más pobladas … Las tierras están cultivadas con gran esmero … la región presenta arboledas y plantaciones de todas clases admirablemente cuidadas … La Turdetania es maravillosamente fértil; tiene toda clase de frutos y muy abundantes; la exportación duplica estos bienes, porque los frutos sobrantes se venden con facilidad a los numerosos barcos de comercio. Esto se halla favorecido por sus corrientes fluviales y sus obras, semejantes … a ríos y, como tales, remontables desde la mar hasta ciudades de tierra adentro, ya por navíos grandes, ya por otros más pequeños. … A tanta riqueza como tiene esta comarca se añade la abundancia de minerales. Ello constituye un motivo de admiración; pues si bien toda la tierra de los iberos está llena de ellos, no todas las regiones son a la vez tan fértiles y ricas … y raro es también que en una pequeña región se halle toda clase de metales. … Hasta ahora, ni el oro, ni la plata, ni el cobre, ni el hierro, se han hallado en ninguna parte de la tierra tan abundantes y excelentes.
[Geographica, III, 1, 6, y III, 2., en
R. 54].

Se cree que los turdetanos eran bastante pacíficos, habiendo trascendido pocos enfrentamientos con otras etnias, como no sean los que sostuvieron los régulos Istolacio e Indortes contra el cartaginés Amílcar Barca poco antes de la Segunda Guerra Púnica [R. 55].

Vecinos de los turdetanos eran los íberos, que ocupaban aproximadamente la actual Andalucía Oriental y todo el Levante hasta el Rosellón francés. Los autores clásicos distinguieron dentro de este grupo étnico pueblos con nombres propios como los bastetanos (Granada y provincias limítrofes), ilergetes (entre Huesca, Lérida y Tarragona) o cossetanos (Tarragona), por citar solo tres. Todos tenían en común su lengua, relacionada con la vasca, pero bien diferente de la celta, hablada por pueblos del interior, al oeste de las tierras de los íberos [R. 103].

image18_thumb¿Y quiénes eran los púnicos, que han aparecido en este texto en varias ocasiones?

En áreas de lo que hoy es Líbano, Israel y Siria habitaba hace varios milenios el pueblo semítico que la Biblia llama cananeos y que los griegos acabaron denominando fenicios, de phoínikes, “púrpura”, que era el color de uno de los tintes elaborados y vendidos por estos. En general, eran buenos comerciantes, pero no encontraban mucho mercado en sus agrestes y áridas regiones, por lo que empezaron a echarse al mar en busca de tierras prometidas y gentes con las que hacer negocios [R. 56].

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E1b3YcePiQD5ROsgadYHD56dqZuirSdqeDHcMscSkxv46_wx64vWGFxXDgEKCon este espíritu fundaron bastantes colonias en los países ribereños del Mediterráneo, siendo la más importante Cartago, erigida en torno al 800 a. C. en un lugar del actual Túnez. Esta ciudad acabó siendo la capital de la civilización fenicia cuando cayeron las metrópolis de origen (Biblos, Tiro, Sidón…) bajo el empuje de los persas a mediados del siglo VI a. C. Por eso razón, los fenicios pasaron a ser llamados cartagineses.

Los cartagineses rivalizaron con los griegos por el control de las rutas comerciales y el establecimiento de colonias pero mantuvieron buenas relaciones con los etruscos, que en cierto modo se pueden considerar predecesores de los romanos. Siglos más tarde, cartagineses y romanos acabaron enfrentados también. Estos llamaban a aquellos púnicos porque, al parecer, así es como pronunciaban la palabra griega phoínikes.

Uno de los enfrentamientos entre romanos y cartagineses, la llamada Segunda Guerra Púnica (218-201 a. C), fue determinante para el futuro de la Península Ibérica pues supuso el inicio de la presencia romana en este territorio, al que bautizaron con el nombre de Hispania [N. 55].

La presencia fenicio/cartaginesa/púnica fue especialmente relevante en Andalucía, estableciéndose inicialmente en lo que fue Gadir (Cádiz), donde se han encontrado abundantes vestigios de esta civilización como el sarcófago antropoide femenino de la izquierda. Después se extendieron por la costa hacia el este: Malaka (Málaga), Seks (Almuñécar, Granada), Abderat (Adra, Almería)…

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Pero, como es de suponer, los colonizadores no se quedaron en las orillas del mar. ¿Por qué habrían de hacerlo, si en el interior había recursos y gente con la que comerciar? El mapa de la derecha (tomado del Diccionario de cecas de García-Bellido y Blázquez [R. 51]) ubica con círculos negros las cecas que acuñaron monedas con escritura púnica o image11111111_thumbneopúnica (y con cuadrados blancos, aquellas con escritura latina). Esto demuestra que los fenicios ocuparon las región interior que se extiende entre Gadir y Malaka.

En dicha obra, “Ocuri” es incluido entre las cecas que usan alfabeto latino, pero se encuentra en un área que amonedó, al menos inicialmente, empleando la escritura púnica: Iptuci (Prado del Rey), Vesci (Gaucín?), Oba (Jimena), Lascut (Alcalá de los Gazules), Asido (Medina Sidonia).


2

Pueblos en Ubrique antes de los romanos

Fray Sebastián de Ubrique no tenía muchas dudas sobre el pueblo que erigió la urbe del Salto de la Mora [R. 19]:

Indudablemente Occurris fue fundada por los iberos. Construyó este pueblo invasor lo que se llaman castros ibéricos, fortificando las cumbres de las montañas, aprovechando las defensas naturales y completándolas con toscas fortificaciones. El pueblo vivía desparramado en las cercanías del castro, y, en caso de peligro de guerra, se refugiaba en la acrópolis. […]
Nosotros presumimos que debajo de la ciudad fenicio-cartaginesa debe estar la ciudad ibera, esperando que en el porvenir excavaciones, científicamente llevadas, pongan de manifiesto este y muchos otros oscuros problemas que presenta la antigua historia de Ubrique.

De eso se encargaron los arqueólogos Salvador de Sancha Fernández en los años 70 del siglo pasado y Luis Javier Guerrero Misa en la dos últimas décadas, trabajos todos ellos que han atestiguado la presencia tanto turdetana como púnica en la meseta de la Sierra de Benafí.

4

De Sancha, que fue el primer director del Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla, excavó allí bajo la supervisión de Juan de Mata Carriazo Arroquia [R. 57], que fue catedrático de Prehistoria e Historia de España Antigua y Media en la Universidad de Sevilla, muy conocido por sus esfuerzos para encontrar la capital del reino de Tartessos. Estos trabajos los siguieron muy de cerca unos grupos juveniles que, bajo la dirección del maestro nacional Manuel Cabello Janeiro, participaron en la actividad cultural denominaba “Misión Rescate”, organizada por Radio Nacional y Televisión Española. Su testimonio está recogido en unas Memorias [R. 45] y en un libro [R. 58]. Copio un fragmento de esas Memorias:

Pero (y he aquí lo más interesantísimo de todo) al llegar al fondo comienza a aflorar una cerámica púnica y de buenísima calidad, y que gracias a la gentileza de D. Salvador de Sancha, podemos remitir fotografiada en las Memorias, foto realizada “in situ”, y que por si sola habla de su calidad, demostrando un mundo púnico en el Salto de la Mora. […] Material púnico abundante y campaniense, que corre paralelo con el encontrado en el Sondeo II. Gran cantidad de filos, bocas, cerámicas, en su mayoría decoradas con pinturas rojas y negras, y sobre todo una copa, oscura, campaniense, aunque fragmentada, completa. Asas y asideros redondeos… En fin todo ello de una belleza inimaginable. La satisfacción entre los técnicos es indescriptible.

Se confirmaba, pues, lo que había adelantado en 1928 Fray Sebastián en la entrada Ubrique de la Enciclopedia Espasa [Ref. 117]: que en el Salto de la Mora estuvieron los “fenicios”.

3.jpg

Pesa-de-telar-Salto-de-la-Mora_thumbUn cuarto de siglo más tarde, Guerrero Misa y varios colaboradores empezaron a realizar diversos trabajos para la puesta en valor del yacimiento, y especialmente la excavación, restauración y consolidación de lo que queda de la muralla. Esta es de las llamadas ciclópeas por estar hecha de grandes piedras con cierto aparejo pero sin argamasa, aunque en la época romana en algunos tramos se emplearon mortero y sillares mejor escuadrados. Supera actualmente los 3 metros pero pudo alcanzar los 5, según Guerrero. Él y sus equipos han identificado “hasta 6 fases consecutivas de construcción, ampliación o reestructuración y abandono de esta muralla ciclópea, con origen en época turdetana, hacia el siglo V a. de C.” [Rs. 47, 59].

El lugar probablemente estuvo ocupado en el periodo final de la Edad de Bronce, pues Guerrero encontró una punta de flecha de esta aleación. Pero los vestigios constructivos más antiguos detectados en la zona de la muralla son unas paredes de lo que pudo ser una especie de almacén. Ahí se ha encontrado buena cantidad de ollas que han sido atribuidas a una comunidad tartésica “peculiar” o “periférica”, aunque este arqueólogo no quiere descartar, alternativamente, que tuviera “raigambre céltica” [R. 46].

Las dos siguientes fases constructivas se extienden entre los siglos V y III a. C. En un trabajo que aparece en el Anuario Arqueológico de Andalucía 2003 (publicado en 2006 [R. 47] los arqueólogos participantes dicen que estas fases son “ibéricas” a juzgar por los “fragmentos de grandes vasos contenedores y ánforas de tipo ibero-púnico” que encuentran, si bien advierten de que su “estudio aún no está realizado”. No sé si eso explica que en un artículo posterior (2010) [R. 46], que en parte es una reelaboración del de 2006, se hable de “la muralla ciclópea turdetana (siglos V-IV a. C.)” y se etiquete el material asociado como “netamente turdetano”, especialmente unos “platos carenados con pintura roja vinosa, algunos cuencos-lucernas y sobre todo las ánforas turdetanas propias del interior del valle del Guadalquivir (…) destinadas a la comercialización de productos agropecuarios”. Según Guerrero, “estas ánforas ofrecen una cronología estimada entre finales del siglo VI y comienzos del IV a. C., por lo que estaríamos en Ocuri posiblemente ante uno de los contextos arqueológicos de época turdetana más antiguos documentados en plena serranía de Cádiz” [R. 46, N. 47].

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Después llegaría la fase de la “muralla ibero-cartaginesa (siglo III a. C)”, a juzgar por su factura y el uso de “una serie de sillares de piedra arenisca de color amarillo-pardo, distinta por tanto a los bloques calizos del grueso de la muralla, que presentan la característica de estar almohadillados”. Guerrero subraya que este tipo de elementos arquitectónicos son parecidos a los que existen en las fortificaciones cartaginesas de Carmona y el Castillo de Doña Blanca (El Puerto de Santa María) [R. 46]. Además, en un área asociada a este momento de ocupación los arqueólogos encontraron un asa de “ánfora tardopúnca” típica del transporte de salazones gaditanos y habitual en áreas en torno al Guadalquivir [Rs. 46, 47].

La fase romana dataría, según este arqueólogo, de los siglos II a de C. y I-II d. C. a juzgar por el material encontrado [N. 56], La última fase es la medieval y contemporánea, épocas en que la muralla fue alterada para servir de redil [R. 46].

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image_thumb9.pngPero no solo las estructuras del recinto defensivo hablan claramente de la presencia prerromana en el Salto de la Mora, sino otras como el magnifico edificio funerario, del que muestro arriba de este párrafo dos imágenes antiguas que tomó el Instituto Alemán de Madrid (antes de ser restaurado) y a la derecha la estructura completa según la vio recientemente el pintor local José Luis Mancilla. Según Guerrero Misa y José Manuel Higueras-Milena Castellano [R. 57] este elemento tiene una “tipología” que remite a las costumbres de enterramiento romanas, pero la “entrada por la trampilla superior recuerda a las tumbas de pozo y cámara de tradición púnica” y una piedra parcialmente escuadrada podría ser “una imagen de culto, lo que se denomina como “betilo”, algo que sucede en las necrópolis de tradición púnica y que tiene un claro ejemplo en la llamada ‘Tumba del Elefante’ de Carmona.”

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En el Salto de la Mora también existen cuatro cisternas en tan buen estado de conservación que aún embalsan agua, ya que mantienen su cordón hidráulico original (a la izquierda, una de ellas reproducida artísticamente por Mancilla). Dicen los especialistas que estas cisternas son de un tipo considerado “de tradición púnica y se dan por todo el occidente mediterráneo, especialmente en las zonas de antiguo control púnico-cartaginés, aunque no son exclusivas de ellas” [R. 59].


¿A qué se dedicarían estos pueblos antiguos en Ubrique? ¿Curtirían pieles?

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La antigua ciudad del Salto de la Mora constituía lo que los arqueólogos denominan un oppidum, a saber, un lugar de habiación elevado, con defensas naturales, que el hombre reforzaba y cuya función era controlar las tierras cultivables o ganaderas y servir de refugio en caso de ataques. Los turdetanos y otros pueblos coetáneos eran muy dados a asentarse en estos oppida que constituirían la urbe, ese símbolo con que las comunidades humanas quieren exhibir y reforzar su identidad y poderío y en el que tienen su sede las clases política, judicial, religiosa, militar, mercantil y administrativa, razón por la que lo erigen en un sitio fácilmente defendible.

image8_thumbPero las clases productoras más bien vivirían meseta abajo y en el fértil valle ubriqueño, que es donde se hallaban las tierras cultivables, los pastos para el ganado, la fuerza hidráulica… La imagen de la derecha muestra unos restos hallados en las orillas del río Ubrique de lo que podría haber sido un horno púnico, según explicó un arqueólogo provincial a la persona que los encontró, Pepe Arroyo Álvarez [R. 60], ecologista y coordinador de grupos juveniles.

La pregunta que encabeza este apartado (“¿Curtirían pieles?”) no es ni tópica ni infundada. Manuel Cabello relata en las Memorias de “Misión Rescate” de 1971 que con motivo de unas obras a la orilla del arroyo Seco (uno de los cursos que dan lugar al río Ubrique en el mismo casco urbano actual) afloraron unas estructuras que, tras la consulta a algunos profesores de Cádiz, consideró pertenecientes a una “tenería romana” [Rs. 61, 62].

hombre-otzi_thumbDesde tiempos inmemoriales, los seres humanos han curtido las pieles de los animales usando para ello taninos vegetales que producen una favorable acción química sobre el colágeno [Rs. 63, 64]. El Hombre de Similaun (“Ötzi”), que vivió hacia el 3300 a.C. y cuya momia llegó hasta nosotros preservada por los intensos fríos de los Alpes, llevaba cuando murió un completo ajuar y utilería de piel: gorro, chaleco, riñonera (de cabra), zapatos (de oso), polainas, carcaj, cordajes para sujetar un hacha de cobre [R. 65] (ver a la derecha una representación museística).

Nuestros antepasados usaron el cuero para manufacturar bolsos, cinturones, botas, sandalias, chalecos, capas, cobertores, cortinas, odres, arneses, albardas, látigos, pergaminos y vitelas e incluso botes para navegar y forros para las ruedas de los carros, que ya empleaban los sumerios 2500 a. C. [R. 66].

Se dice que las legiones eran las principales consumidoras de cuero del mundo romano. Lo empleaban en escudos, correas, celadas, broqueles, vainas, coseletes, tiendas de campaña, capas impermeables, muñequeras, dediles para potenciar el tiro con arco, aljabas para portar las flechas, vainas, botas de infantería, sillas de montar, arreos, recipientes para beber (la piel de cabra curtida podía hacerse impermeable), velamen para embarcaciones, refuerzos de parapetos… [Rs. 65, 67].

El cuero era un producto fundamental en la antigüedad. Así que quien podía producirlo porque tenía medios para hacerlo y conocimientos, lo producía. Y los pueblos competían por su posesión. Algunos estudiosos aseguran que uno de los desencadenantes de los conflictos de Cartago con Roma fue precisamente el comercio del cuero [R. 68].

zapato-armenio-de-cuero---loscallejo255B2255DUbrique pudo producir cuero desde siempre porque disponía de los ingredientes necesarios: taninos de la casca del extensísimo alcornocal en el que se ubica la localidad; sal para los lavados previos, de las salinas de Hortales, explotadas por los romanos como demuestran los vestigios existentes al pie de Iptuci; cal para efectuar la pelambre, que se puede obtener de cualquier piedra de la sierra; y agua: tres manantiales al pie del Salto de la Mora de abundantes caudales durante todo el año. Ya no se curte en Ubrique porque la materia prima para fabricar sus renombrados artículos de piel se importa, pero según Manuel Cabello [R. 61], la localidad llegó a contar hasta no hace mucho con casi medio centenar de curtidurías, muchas de ellas establecidas en la calle que se denominaba precisamente Tenerías, en la orilla izquierda del río.

Pues bien, la pujanza de algunas actividades humanas en un lugar determinado a menudo encuentra su explicación en el hecho de que han sido practicadas desde tiempos pretéritos, creándose una tradición que han transmitido los padres a los hijos enseñándoles el oficio y cómo valerse de los recursos del medio. Por lo tanto, no es nada osada la hipótesis de que romanos, púnicos, turdetanos y quienesquiera que los precedieran curtieran pieles en Ubrique. (Por supuesto, también podrían dedicarse a otras actividades compatibles con el medio, como la producción de aceite o la elaboración de materiales a base de esparto.)

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Nota: “Nummus dat consilium et sedat prœlium” = “El dinero (literalmente, la moneda) da prudencia y apacigua las disputas”, Carmina Burana.


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III. “Verbum sapienti satis [non] est”


Sobre la lengua prerromana a la que podría pertenecer la palabra OQVR

Volviendo a la moneda y a la supuesta palabra que contiene (“OQVR, que habría que pronunciar Ócur u Ocur), cabe preguntarse a qué lengua pertenecería. El hecho de que esté inscrita en una moneda púnica no tiene por qué implicar que la palabra lo sea. Como dice Francisco Villar [Referencia 34], “carece de cualquier fundamento el suponer que, por el mero hecho de que sea una colonia fenicia, el nombre Malaca han debido ponerlo de nuevas los fenicios y menos aún que tenga que tener etimología fenicia”.

De los autores cuyas opiniones o dictámenes sobre la moneda “OQVR” conozco, quizá Leandre Villaronga [R. 48] sea el único que adscribe el topónimo al universo lingüístico cartaginés/fenicio/púnico al considerarla “libio-fenice”. [Nota 24].

image21111_thumbAntónio Marques de Faria cree que “parecen bastante sólidos los indicios de que *Ocuri fuese creado en el ámbito de la lengua ibérica” [Rs. 70, 112]. En favor de su tesis hablaría la existencia de topónimos como Subur (cossetano o ilergete, según autores antiguos [R. 104]) o *Gaiduŕ (Gádor, Almería) [R. 100]. Este investigador considera que también sería ibérico el topónimo Ostur [R. 112, N. 61].

José Antonio Correa también encuentra un posible paralelo entre Ocur y Ostur y destaca que esta ciudad se situaba “probablemente en el Cerro del Castillejo, Villalba del Alcor, Huelva, zona claramente turdetana“ [Rs. 71, 72]. A propósito hace las siguientes reflexiones:

No conozco ningún dato que nos permita pensar que hubo gente de habla ibera en Andalucía occidental; distinto es que hubiera influencia cultural, que sin duda la hubo. Un topónimo como Iptucci tiene [p], fonema que era desconocido en ibérico, por lo que es seguro que era no ibérico. Por el contrario, con bastante seguridad es tartesoturdetano, porque tanto [ip‑] como [‑tukki] están documentados en otros topónimos adscribibles a esta lengua. En cuanto al topónimo Ocur(i), no tiene ningún rasgo conocido que permita adscribirlo a una u otra lengua, pero por la posición geográfica del lugar que denomina lo lógico es pensar que era turdetano [R. 105, N. 62].

Efectivamente, la antigua ciudad de Ubrique estaba rodeada de enclaves cuyos nombres han sido adscritos a la lengua tartesoturdetana por contener el prefijo –ip o el sufijo –ipo (a veces latinizado –epo), que no parece fenopúnico ni es ibérico: Iptucci (Prado del Rey), Acinipo (Ronda la Vieja), Lacipo (Casares), Sisipo (entre Arcos y Jerez) [R. 96] o Saepo (Dehesa de la Fantasía, término de Cortes de la Frontera) [R. 101, N. 65]). A esas habría que agregar otras localidades próximas que también fueron probablemente turdetanas como Oba (Jimena) e incluso Asido (Medina Sidonia) si hacemos caso a Ptolomeo [R. 73].

En la zona de Ubrique, además del turdetano, también se hablaría “el fenopúnico, que estaba bastante extendido pero era una lengua colonial”, indica Correa, quien, no obstante, cree que la palabra OQVR no tiene ese origen [R. 72].

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Por otro lado, la palabra OQVR podría pertenecer no a una lengua, sino a dos, ya que, como diré enseguida, los especialistas consideran que estaría formada por dos segmentos, cada uno con significado propio. Hay muchos nombres de lugar constituidos por lexemas de más de una lengua. Por ejemplo, Correa ha propuesto que Guadiaro es un hidrónimo híbrido cuyo primer miembro es de origen árabe (wādī , “río” ) y el segundo podría ser fenicio o de una lengua anterior (el significado del nombre completo sería “río Oro”). [R. 74, N. 22]


Deconstruyendo OQVR

Según los expertos consultados, el vocablo “Ocur(i)” podría ser la suma de “oc” y “ur”, ya que estos fragmentos aparecen con frecuencia, combinados con otros, en la toponimia prelatina. Francisco Villar, en su obra Indoeuropeos y no indoeuropeos en la Hispania prerromana [R. 7] ha geolocalizado un buen número de nombres de lugar de la Península Ibérica que contienen los lexemas ur- (o variantes como or-) y uc- (o análogos como oc-, og-), y también aquellos que nos han sido transmitidos o se pueden suponer terminados en i . Lógicamente, *Ocuri forma parte de las tres series.

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En los mapas se puede comprobar que el Valle del Guadalquivir concentra muchos topónimos en –ur y –oc. Por otra parte, se sabe que la gran mayoría de los terminados en –i de toda la Península se hallan en su mitad Sur. Anoto los nombres en la siguiente tabla [N. 25].

UR (Andalucía y S. Portugal)

Aipora (1), Andura (2), Aesuri/Baesuri (5), Baeturia (6), Caura (11), Epora (14), Iluro (16), lpora (19) Laccuris (20), Ocuri (23), Olaura (24), Oria/Oretum (27), Orippo (28), Ostur (29), Sabora (32), Solorius (35), Udura (38), Urium (40), Urius (41), Urso (42), Verurium (43)

UC (Andalucía)

Arucci (5), Auci (7), Baesucci, (8), Burdoga, (9), Marruca, (15), Obucola (17), Ocuri ( 18), Oducia (19), Ucia (25), Ucubi (26), Ugia (27)

-I (Sur peninsular)

Acatucci, Acci, Aesuri, Artigi, Arucci, Astigi, Aurgi, Axatí, Baesucci, Basti, Cantigi, Ceri, Ceturgi, Erbi, Iliturgi, Ilorci, Iptuci, lsturgi, lsurgi, ltuci, Lastigi, Murgi, Ocuri, Olontigi, Oningi, Ossigi, Sacili, Saltigi, Sexi, Singili, Sosintigi, Tucci, Tutuci, Ucubi, Urci, Vesci

Creo que no debe dejar de tenerse en mente que de muchos de los topónimos que aparecen se conocen otras variantes. De hecho, en la tabla vemos Aesuri/Baesuri y Oria/Oretum; pero hay otros casos: Ugia/Urgia [R. 75], Laccuris/Larcuris [R. 76], Iliturgi/Iluturgi/Ilditurgi [R. 77]…

De la serie –I es destacable que la mayoría pertenecen a series bien conocidas como –igi, –ucci y –urgi o variantes [R. 78]. De los que no se encuadran en estas series pero están documentados (Aesuri, Basti, Ceri, Erbi, Sacili, Sexi, Vesci), algunos presentan alternativas epigráficas no terminadas en –i, lo que sugiere que esa letra fue agregada por los latinos a esos topónimos concretos [N. 26].

En la serie UR encuentro un nombre de lugar documentado que termina en uri (Baesuri, Faro, Portugal) y otro que acaba en ur (Ostur). Por lo demás, se reparten casi por igual los que contienen ur y uri (o variantes) dentro de la palabra, si bien la mayoría de los geográficamente próximos a *Ocuri son del primer tipo [N. 27].

De la serie UC, casi todos los de la tabla contienen propiamente ese segmento uc excepto *Ocuri y Burdoga. A propósito me gustaría comentar que, aunque no figura en la lista, existe un Vccor, nombre sorprendentemente parecido a Ocur, aunque Correa opina que no están relacionados [Rs. 81, 97, N. 15].

¿Que podría significar “Ocur(i)”?

Volviendo a la posible “deconstrucción” de *Ocuri, António Marques de Faria ha formulado dos propuestas alternativas [Rs. 29, 70, 112]: *ocouri y *o-curi, basada esta última en la comparación con los topónimos Olaura (*O-laura/*O-lauro) y Olontigi y algunos antropónimos, por un lado; y por otro con Ilarcuri (*ilar-curi). Estos tres nombres tendrían para Faria una “filiación ibérica”.

El lexicógrafo francés Jean-Baptiste Orpustan [R. 38] dice que uri sería “hábitat, villa” [N. 51]. Para Francisco Villar [R. 7], ur es río tanto en lenguas (arqueo)indoeuropeas como en euskera [N. 29]. Pero admite que “en la Hispania antigua hubo al menos una lengua más de las normalmente inventariadas que tenía ur como apelativo para ‘ciudad’” (se refiere a la lengua a la que pertenece el topónimo Graccurris, la “ciudad de [Tiberio Sempronio] Graco) [N. 30]. Manuel Pérez Rojas no aventura el posible significado, pero apunta que el sufijo ur es muy común en la mesopotamia de los ríos Tajo y Guadiana con ramificaciones en el Algarve y Andalucía y lo considera extraño a las lenguas célticas [R. 102, N. 51].

En cuanto al lexema oc, su interpretación queda más en la sombra y está más sujeta a controversias. Orpustan [R. 38] cree que no puede ser asimilado al ok vasco, relacionado con la onomatopeya de vomitar, pero sí con “una base toponímica ok(u) que queda por identificar” y que encuentra en varias formas tanto hispánicas como aquitanas. Pérez Rojas cree que “ok-“ es un elemento que forma parte “del conjunto de nombres más antiguos, más genuinos y más reiterados del sector ibérico” [R. 102]. Villar explica que tiene varias etimologías y significados posibles [R. 7].

En particular, Francisco Villar considera que el topónimo ubriqueño tiene “una explicación etimológica fácil por la vía de la indoeuropeidad”, sin que “esa facilidad tenga por qué implicar ninguna certeza” [Rs. 82, 115]. Y de un modo informal me dio su opinión sobre su sentido y posible traducción:

Es un nombre de río cuyo primer miembro ok-/ak- significa “cima, montaña”; el compuesto completo ok-uri es ‘el río de la montaña’ o ‘la localidad montañosa’, que cuadra a la perfección con la geografía de Ubrique [R. 82].

Se da la circunstancia de que al pie del Salto de la Mora se halla la fuente del Benalfí y a menos de 200 metros el manantial llamado Nacimiento. Verdaderamente, estos surtidores y el río al que dan lugar cuando se unen podían haber sido considerados y llamados por los antiguos “ríos de la montaña”, ya que surgen literalmente de ella. (Hay un tercer manantial, el del Algarrobal, que queda a un kilómetro de distancia de los mencionados.)

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Villar cree que Ocur(i) significaría lo mismo que Ucubi (Espejo, Córdoba) [R. 7]. El primer término de ambos topónimos sería el mismo (oc/uc). Y los segundos términos (ur(i)/ub(i)) significarían lo mismo pero en lenguas diferentes. Para Villar, ub puede ser tanto río como ciudad [Rs. 7, 89]. A propósito quisiera mencionar que, según tengo entendido, al igual que la ciudad del Salto de la Mora, Ucubi es un oppidum, pero no he podido comprobar si al pie el mismo hay algún curso de agua de consideración (por los mapas deduzco que en las proximidades hay corrientes menores, quedando el Guadalquivir a casi 20 kilómetros). [N. 52]

Por lo dicho, yo creo que aún estamos lejos de poder traducir con seguridad y acuerdo general de los especialistas nuestro topónimo prerromano, pero la Filología Histórica avanza cada día y quizá lo consiga pronto. Creo que un método que podría ayudar sería buscar correlaciones entre los segmentos que se repiten en los nombres (por ejemplo, ur y oc) con variables como la altitud de la ciudad, su proximidad a un río, mar o lago o a cualquier accidente geográfico u otra característica física destacable del territorio [N. 48].


De omnibus dubitandum est

Al final de este artículo me preguntaré por la plausibilidad de las dos formas epigráficas relacionadas con el nombre de la antigua ciudad ubriqueña. Pero antes quiero cuestionar la hipótesis de que “OQVRsea realmente un topónimo, y analizar si, de serlo, está completo y se refiere verdaderamente a la urbe de la que estamos hablando.

¿Dónde fue encontrada la moneda?

oqvr_1_thumbEse dato es fundamental. Porque si apareció, digamos, en Tarragona, tendríamos que dudar mucho de que realmente fuese acuñada en el antiguo Ubrique. Leandre Villaronga, que fue quien dio a conocer la medalla en 1994 [R. 48], la atribuyó a Iptuci, a 10 km del Salto de la Mora, pero no dijo por qué estableció esa localización. José Antonio Correa no tiene una respuesta a esta pregunta, pero supone lo más lógico: que la moneda sería encontrada allí [R. 72].

¿No deberían haberse encontrado ejemplares de estas monedas en las excavaciones del Salto de la Mora?

En la excavaciones de Juan Vegazo de hace más de dos siglos se desenterraron como mínimo las 400 monedas a las que aludió el académico Diego Clemencín en su informe de 1802 [R. 12], pero a esas habría que sumar muchas más, pues Vegazo comprobó que los trabajadores le sisaban [R. 19] y hubo personas que atesoraron grandes colecciones, como Mateos-Gago [R. 19]. Desde entonces acá se han encontrado más medallas, pero las que se han identificado y publicado pertenecen a la época romana de la ciudad. ¿Por qué no se han encontrado más monedas “OQVR”?

José Antonio Correa cree que no hay que extrañarse de ello porque solo se conocen muchas de aquellas ciudades que hicieron muchas emisiones [R. 72]. Efectivamente, he podido comprobar que hay cecas de las que solo se dispone de uno o dos ejemplares, y de esta ya tenemos tres.

Además, del yacimiento queda mucho por excavar, y si hay monedas anteriores a la romanización, es de suponer que deberían encontrarse en los estratos más profundos. No tendría nada de extraño que las monedas “OQVR” que conocemos fueran encontradas en las dos últimas décadas del siglo XX, momento en que los buscatesoros hicieron de las suyas provistos de los más sensibles detectores de metales (se dice en Ubrique que algunos de ellos, profesores en la localidad para más inri, desenterraron monedas que vendieron a buen precio a los Estados Unidos).

¿“OQVR” es palabra completa o son iniciales de algún magistrado o alguna abreviatura?

Unos especialistas propusieron en 1998 que OQVR podría ser “el nombre de un magistrado” [R. 83]. Por otro lado, ¿cabría la posibilidad de que “OQVR” fuese una sigla, en cuyo caso tendríamos que ver las letras O, Q, V y R como iniciales? [N. 31].

image_thumb15Tratando de resolver estas dudas busqué inscripciones monetarias semejantes a la de “OQVR” y en el catálogo de Francisca Chaves Tristán [R. 85] encontré una medalla que, según esta autora, data del 111-110 a. C., y contiene la leyenda “P. MAL. AP. CL. Q. VR”. Nótese que las tres últimas letras son las mismas que las de la moneda “OQVR”, e incluso la V y la R están nexadas. Pues bien, he sabido que aunque Q. VR puede referirse al triunviro monetario Quintus Vrbinus, se ha sugerido que esas iniciales también podrían significar QVÆSTOR VRBANVS [R. 86]. El cuestor urbano era el magistrado que se encargaba de las emisiones monetales. Existe un denario del 49 a. C. de la familia Neria (moneda 957 del catálogo de Chaves) en la que aparece la leyenda “NERI Q VRB”, que se interpreta como Neri Quæstor Urbanus.

García-Bellido y Blázquez comentan [R. 51] que la ceca de Emporion/Untika tiene monedas en las que aparecen iniciales de nombres de magistrados, dos letras las menos de las veces (que podrían representar su nombre y su filiación) y tres de modo más habitual, siendo una de ellas en todos los casos la Q, seguramente de “quæstor”. No obstante, estas autoras señalan que en las monedas fenopúnicas no suelen constar nombres de personas.

Pregunté a José Antonio Correa al respecto, y me contestó:

Me parece bastante improbable que OQVR pueda interpretarse como O. Q(uaestor) Vr(banus). He repasado la lista de cecas con magistrados que dan García Bellido – Blázquez y no veo nada similar. Lo mínimo es que, de estar abreviado el nombre del magistrado, sean dos las letras (para el prenombre y el nombre). Me parece por tanto seguro que se trata del nombre de la ceca, máxime habiendo dos inscripciones con el adjetivo correspondiente. [R. 72]

Lo mismo me confirmó António Marques de Faria [R. 87]:

En mi opinión, no hay ninguna posibilidad de que la leyenda monetal en cuestión sea interpretada de otro modo que como topónimo, por lo que una eventual referencia a un cuestor urbano puede descartarse con seguridad.

image_thumb53Este investigador ha propuesto que la leyenda de la moneda podría ser una abreviatura, bien de la i final de*Oquri [R. 50] o bien de las últimas letras del adjetivo toponímico *Oquritanum, y menciona ejemplos en los que, según cree, se han producido abreviaciones de ambos tipos [R. 112].

Como casos de posible abreviación de una sola letra cita los de BAICIP (la ciudad se llamaba Baicipo) e ILIBER (Iliberi/Iliberri). Ahora bien, me parece que se podría considerar que esas sean las abreviaturas de los adjetivos BAICIPONENSIS e ILIBERRITANA. Lo mismo se podría argumentar con otros casos de supuesta abreviación de una sola letra en moneda si los hubiera, aunque no es fácil encontrarlos. Por lo tanto, creo que es matemáticamente improbable que OQVR sea una abreviatura de OQVRI. ¿Podría serlo de OQVRITANVM? Desde luego, pero ese argumento no serviría para descartar que OQVR sea también el topónimo completo, ya que, como diré más abajo, del nombre OQVR cabe esperar el adjetivo OQVRITANVM, pues está documentada una derivación análoga [Ns. 8, 32, 39].

Conozco algún caso más de inscripciones monetales en las que parece que falta la última letra, pero, sin necesidad de los razonamientos dados antes, creo que hay otros que lo explicarían. Por ejemplo, hay monedas de la ceca de Murtili(s) (nombre prerromano de la antigua Mértola, Portugal) en las que dicen los numismáticos que se lee MVRT, MVRTI, MVRTIL y MVRTILI [R. 88]. En el catálogo de Antonio Delgado [R. 39] hay una que parece decir MVRTIL, pero si se observa bien se diría que la L y la I finales están nexadas de un modo muy peculiar.

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image_thumb31Otro ejemplo: hay monedas bilingües con las leyendas “LASCVT – lskw’t” [R. 88, 89]. ¿Podría pensarse que “LASCVT” es abreviatura de LASCVTA? Según José Antonio Correa [R. 24], probablemente no, ya que esa sería “la forma del topónimo ya latinizado, que, muy probablemente, coincidiría con la forma turdetana (no documentada). La forma Lascuta, que aparece en las ediciones de Plinio, es de hecho una corrección de las que aparecen en los manuscritos (lascula, liscula), pero es posible que al topónimo se le hubiera añadido [-a]. En todo caso el adjetivo es Lascutanus, que no implica necesariamente que el topónimo se haya convertido en Lascuta”. Por su parte, Mª Paz García-Bellido cree que LASCVT era el nombre fenicio y que los latinos le agregarían una a para vocalizar la t final [R. 6]. A la derecha puede verse la reproducción de una moneda de esta ciudad (tomada también de Delgado [R. 39] en la que las dos letras finales aparecen unidas.

image44_thumb255B3255DA los romanos les placía unir las letras. Algunas monedas de Turiaso llevan la contramarca que se ve a la izquierda, en la que van nexadas la T, la V y la R. ¿Cabria pensar que la R también incluye una I y que eso mismo pasaría en la moneda OQVR? Observando bien la leyenda de nuestra medalla, creo que eso es mucho suponer:

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¿Ocuri u Ocur?

Mi intención al formular de ese modo esa pregunta no es plantear una disyuntiva, sino valorar si alguna de esas dos formas podría considerarse más cercana que la otra a la “realidad”, o al menos a la “realidad” en un momento histórico determinado, sin descartar que las dos puedan ajustarse bien –cada una de ellas– a la “realidad” de momentos diferentes (no olvidemos que hay un cuarto de milenio de diferencia entre la moneda y las lápidas). Ni tampoco cabe rechazar que pudieran existir otras formas que no nos han llegado. Volveré a reflexionar sobre algunos hechos y después traeré las opiniones de los especialistas.

L25C325A1pida2520de2520perfil2520-2520copia_thumb255B19255D¿Las formas escritas “OQVR” y “*Ocuri” serían fieles a sus manifestaciones fonéticas en los momentos en que se escribieron?

Como he comentado, lo más probable es que las expresiones gráficas del topónimo que nos han llegado sean interpretationes de las voces oídas por púnicos y romanos a los indígenas, y estos a su vez pudieron oírlas de otros anteriores. Como solo disponemos de dos evidencias escritas [N. 60], una de la época púnica del Salto de la Mora y otra de la época romana (bien distanciadas en el tiempo), con tan exiguos mimbres no podemos aspirar a tejer el cesto de la historia anterior del topónimo ni saber si en un tiempo determinado diversas etnias lo pronunciaron de distintas maneras [N. 33]. Pero sí podemos suponer que cada una de esas comunidades ubriqueñas (púnica y romana) plasmó fielmente por escrito su forma de pronunciar el topónimo.

En esa hipótesis, y suponiendo que “OQVR” sea leyenda completa y que realmente corresponda al topónimo del Salto de la Mora, creo que estamos abocados a concluir que los púnicos ubriqueños del siglo I a. C. pronunciaban el nombre de esa ciudad Ócur (u Ocur). Y por otro lado, también tenemos que aceptar, suponiendo que los lapicidas conocían bien las reglas de ortografía de su época, que si escribieron OCVRITANORVM sería porque la comunidad latina pronunciaba esa palabra así [N. 34], Es más, José Antonio Correa incluso se atreve a ir más lejos: “Podemos suponer que, a oídos latinos, en la lengua prerromana en la que se creó el topónimo r sonaría asimismo más o menos igual que en latín, ya que en caso contrario el topónimo aparecería latinizado con una forma distinta de la que conocemos” [R. 71].

Cosa distinta es decidir si de OCVRITANORVM cabe deducir necesariamente Ocuri, ya que, como diré más abajo, ese adjetivo también puede proceder de Ocur. Por lo tanto, responder a eso implica entrar en el terreno de las conjeturas.

¿Cómo se acentuarían prosódicamente estas palabras?

Probablemente sea una cuestión menor, pero sería interesante saberlo para pronunciarlas correctamente. ¿Sería [Ócur] u [Ocur]? ¿Y [Ocuri] u [Ócuri] (de existir esta palabra)? [N. 50]. Le pedí su opinión a Correa:

No sé cómo se acentuaría exactamente en latín Ocuri, pues no se conoce la cantidad de la vocal [u], de la cual depende la posición del acento en esta palabra: sería [Ócuri] u [Ocúri] según que la vocal fuera breve o larga. Pero si era Ocur entonces sería [Ócur], pues en latín no se acentúa la sílaba final. Naturalmente no sé cómo se acentuaría en turdetano o cómo lo acentuaría un púnico [R. 105]:

En realidad, creo que cabría la posibilidad de que la palabra tuviese un acento indefinido como nuestro Sáhara/Sahara [N. 36] e incluso de que –al menos para algunos hablantes– el golpe de voz recayera sobre ambas sílabas, al ser cada una de ellas, originariamente, una palabra completa.

Hay topónimos con –i final nativa y otros en los que esta letra la han agregado los romanos

Si admitimos que ambas palabras, OQVR y *Ocuri representaron el nombre de la ciudad para las correspondientes comunidades dominantes en tiempos distintos (púnico y romano), habría que suponer que se produjo lingüísticamente la evolución Ocur (púnica) > Ocuri (latina). Es decir, que los romanos le agregaron una –i. ¿Puede ser eso posible?

El oppidum situado en lo alto del Cabezo de Hortales produjo unas monedas bilingües en las que se lee la palabra en alfabeto latino IPTVCI y, al parecer, la palabra neopúnica transcrita a caracteres latinos yš’wd’by [R. 26] o ybd’wsy [R. 86]. En ambos casos parece que la última letra coincide con la primera, luego si la primera es la [i], tenemos que aceptar que el topónimo neopúnico terminaba en -i [N. 41].

Pero las de otros nombres de lugar sí creo que se pueden considerar adaptaciones latinas. Por ejemplo, hay una moneda de la ciudad que los romanos llamaron Sexi (Almuñécar) en la que lo que se lee es F. I. SEXS –“F. I.” significa Firmum Iuliumcon caracteres latinos (además de caracteres púnicos equivalentes a sks) [R. 32]. Y Vesci (Gaucín?) aparece en monedas bilingües así escrito (pronunciado [weski]) pero también de la forma púnica w’hšk [R. 88] (que se pronunciaría algo así como [wisk] [Rs. 99, 88]. Es como si los latinos, encontrando ajena a su idioma la dura pronunciación [wesk] lo hubiesen “arreglado” con una i.

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image_thumb311No hace mucho apareció una moneda bilingüe en la que se lee claramente SACILI y la correspondiente palabra en alfabeto neopúnico (a la derecha). Mª Paz García-Bellido la ha estudiado [R. 6] y parece que habría que transliterarla como ṣ ͑gl ͑t, que se pronunciaría, si no he entendido mal, algo así como “saguilat”. Es decir, los romanos convirtieron una “a” en “i” y además suprimieron la –t final. La especialista lo interpreta considerando que esa “a” (un punto en la leyenda, penúltimo signo empezando por la derecha) tendría un “sonido gutural aspirado” no muy claro fonéticamente “y por lo tanto puede haberse transcrito en latín por una ‘i’ abierta, similar a una ‘a’” . En cuanto a la pérdida de la t final, esta especialista señala que:

El nombre latino no habría tomado esa tau final porque los romanos reconocieron bien en Sacili el lexema “ili” de los topónimos turdetanos que significa “ciudad”: Iliberris, Ilipa, Iliturgi, etc… Es cierto que no tenemos testimonio de un compuesto toponímico turdetano con ili al final del nombre, pero parece probable que este lexema sea el mismo que el mencionado para esas otras ciudades turdetanas que lo escriben delante. Por lo tanto los romanos habrían escrito directamente SAC-ILI, reconociendo en la tau final púnica una terminación fenicia, no propia del nombre turdetano ni latino, lo mismo que en Abderat donde la “t” cae, Abdera, o en Lascut donde se añade una “a” para poder vocalizarla, Lascuta. Un paralelo interesante lo tenemos en el topónimo de tglyt, cuya latinización no conocemos, tan solo a través de su adjetivo en res publica Tagilitana.

Sirva este ejemplo para ilustrar que los romanos, como cualquier pueblo que llega a una tierra de lengua extraña, modificaron las palabas según les sugirió el genio de su idioma. Convirtieron Lascut en Lascuta como nosotros hemos transformado el restaurant francés en restaurante, y prefirieron añadir una -i en algún topónimo del mismo modo que nosotros actualmente hemos convertido el Kazajstán oficial en Kazajisttán o Chechnya en Chechenia (en este caso intercalando una e). Quiero recordar también que se sabe que los latinos gustaban de agregar una –s a algunos topónimos terminados en –i [R. 7, 34].

¿Pudieron, entonces, los romanos añadir una -i a la palabra OQVR por tener dificultades para pronunciarla o considerar su forma ajena a su idioma? Desde luego, supongo que entra dentro de lo posible, pero esta tesis tropieza con el inconveniente de que la terminación -ur no es exótica en latín, y lo demuestran palabras como igitur, vultur, cur, probatur, fulgur, murmur, camur… [N. 66].

Por otro lado, la terminación en –i no es extraña en la toponimia prerromana, pero, como dije en otro apartado, la gran mayoría de topónimos con esta terminación pertenecen a series bien identificadas como -tucci, –igi o –urgi. Aparte de esos hay topónimos que aunque se escriben con -i final, también admiten una forma más primitiva sin ella (Sexi < Sexs, Vesci < [Wisk], Sacili < “Saguilat”…) [N. 37].

Los especialistas se inclinan por Ocur sin descartar Ocuri

António Marques de Faria cree que el topónimo de la antigua ciudad de Ubrique pudo ser Oqur, es decir, lo que se lee en las monedas, basándose en que si está documentado el adjetivo Suburitani como derivado de Subur [N. 57] es razonable suponer que Oquritanorum pueda proceder de Oqur. Pero cree que no se puede descartar la hipótesis alternativa de *Ocuri por dos razones: la leyenda monetal podría ser una abreviatura y el lexema uri sería “de matriz ibérica” [Rs. 87, 112].

Francisco Villar encuentra en el “compuesto toponímico bimembre ok-ur” una “posible (y verosímil) etimología indoeuropea” puntualizando que “la final -i, presente en numerosos topónimos meridionales no es un rasgo propio de las lenguas prerromanas de esa familia lingüística” [R. 115].

Por su parte, José Antonio Correa ha considerado en alguno de sus trabajos de investigación que OQVR podría ser el nombre completo del topónimo [Rs. 92, 93]. A mí me explicó lo siguiente:

En mi opinión, con los datos actuales no procede suponer que el topónimo fuera Ocuri sino que, de acuerdo con el testimonio de la moneda, era Ocur. Esta forma es totalmente normal en latín, pues existe la terminación –ur (en nominativo) tanto en nombres propios como comunes. Si en el futuro apareciera una moneda de otra emisión con la leyenda OQVRI, entonces tendría que cambiar de opinión.

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A modo de conclusión

Correa piensa que:

En la investigación muchos datos que dan autores que son de fiar (y Hübner realmente lo es a pesar de errores) no se comprueban y por eso no es de extrañar encontrarse a veces todavía Ocurri y Ocurritani o no pararse a pensar que la verdadera forma del adjetivo es Ocuritanus y la única documentada, hoy por hoy, del topónimo es Oqur (siendo Ocur la forma gráficamente normalizada) [R. 2].

Mi opinión personal no puedo expresarla mejor. Durante mucho tiempo ha prevalecido el nombre de Ocurri(s) para la antigua ciudad del Salto de la Mora porque los estudiosos han seguido a Hübner (y en Ubrique a Fray Sebastián) hasta que han mirado bien las inscripciones lapidarias que nos han llegado y han comprobado que en ellas está escrito OCVRITANORVM.

Cuando aún no se conocía la moneda “OQVR”, deducir Ocuri de OCVRITANORVM fue lo más razonable habida cuenta del gran número de topónimos acabados en –i (al menos en su forma latina) cuyo genitivo plural del adjetivo toponímico termina en -itanorum. Pero eso no anula posibilidades como Ocuris, que se puede considerar casi igualmente probable porque los romanos tenían la tendencia de agregar una –s a los topónimos en –i , rasgo de latinización del que se conocen muchos ejemplos (Volubili(s) > Volubilitanorum) [N. 58].

Debilita la hipótesis de *Ocuri el hecho de que OCVRITANORVM también podría proceder de Oqur del mismo modo que Subur da Suburitani, como está constatado documentalmente.

Decía Karl Popper que una nueva teoría, para que sea aceptada, debería siempre tener mayor contenido empírico que sus predecesoras [N. 59]. Antes de 1994 la mejor teoría era *Ocuri, pero llegó la moneda “OQVR” para poner un dato real, tangible y legible en medio de tanta conjetura. Epistemológicamente hay una gran diferencia entre una suposición (*Ocuri) y un hecho observable (OQVR), por más que este tampoco esté libre de suposiciones.

Creo que lo científicamente procedente es aceptar que en el siglo I a. C. la ciudad del Salto de la Mora era llamada Oqur –pronunciado Ócur u Ocur– por la comunidad prerromana (púnica) que vivía en ella y acuñó la moneda, ya que, de no ser así, ¿no habrían escrito la palabra de otro modo? Un cuarto de milenio más tarde, la “hipótesis nula” tiene que ser necesariamente que la ciudad seguía llamándose así, pero podemos considerar una hipótesis alternativa: que el topónimo hubiese evolucionado a *Ocuri(s).


Nota: “Verbum sapienti satis [non] est” = “Al sabio [no] le basta una sola palabra” (adagio).

Mi especial agradecimiento a los investigadores José Antonio Correa, Francisco Villar y António Marques de Faria por sus palabras; y a José Antonio Chilía (Museo de Cádiz), Ángel Pablo, Esperanza Cabello y otros por sus imágenes.


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Notas


[N. 1] Mucho antes que Hübner, la Real Academia de la Historia ya había reconstruido la palabra como “Ocurris” en sus Memorias de 1805 (redactadas en 1802) [Referencia 8], a pesar de que uno de los académicos de la época, Diego Clemencín, había presentado ese mismo año de 1802 a la institución un informe en el que proponía “Ocuris” [R. 12] y sin tener en cuenta que el también académico (correspondiente) Juan Francisco Masdeu se había referido en un libro de 1800 a la “República de los Ocuritanos [R. 9]. En 1832 Juan Agustín Ceán Bermúdez se hizo eco, sin embargo, de la forma propuesta por la Academia,Ocurris[R. 95].

[N. 2] Fray Sebastián de Ubrique dice en su libro [R. 19], en más de una ocasión, explícita e implícitamente, que las lápidas se encontraron en 1794, basándose en el diario manuscrito del descubridor, Juan Vegazo, hoy perdido, pero del que el fraile poseyó una copia. No obstante, el presbítero ubriqueño Simón de Zamora, en carta a la Real Academia de la Historia de 1805 [R. 13], afirma que “fueron descubiertas con motivo del plantío de una viña que hizo en 1795 Don Juan Vicente Vegazo” y que él tuvo “el honor de acompañar al Sr. Marqués del Palacio su traductor” (quiere decir que dicho marqués tradujo las inscripciones). La plantación de la viña fue en 1793, según Fray Sebastián). En 1823 Zamora redactó un nuevo documento sobre el yacimiento en el que afirma: “Se leyeron estas lápidas en 21 de febrero de 1795, en que se descubrieron dos pedestales en que se leen estas inscripciones […] El marqués de Palacios, teniente coronel de Húsares, al pasar Ubrique hizo la traducción de dichas inscripciones” [tomado de una copia de la carta de Zamora reproducida en R. 43]. Yo interpreto que ese “21 de febrero de 1795” no es la data del descubrimiento, sino el día en que Zamora subió al Salto de la Mora con el marqués de Palacio (Mariano Domingo Traggia Uribarri), ya que si tomamos al pie de la letra lo que manifiesta Zamora habría que pensar que se dio la casualidad de que Traggia se encontraba con su regimiento en Ubrique justamente el día en que se encontraron los epígrafes y que, habiendo corrido la voz sobre el hallazgo, ese mismo día él militar se apresuró a subir al Salto de la Mora con el cura, sotana al viento, para leerlos. Por otro lado, Juan Francisco Masdeu da como fecha del descubrimiento junio de 1795 y asegura que sus corresponsables le enviaron la lecturas en noviembre de 1796 [R. 9]. En cualquier caso, se sabe que otros eruditos también visitaron el yacimiento a los pocos meses o años del descubrimiento de las lápidas, lo que revela el gran interés que su aparición despertó entre los “anticuarios” [Rs. 118, 119, 120, 121, 122, 123, 124].

[N. 3] La palabra “Ocuritanos” está subrayada (doblemente) en la carta. Así hacían los especialistas de la época para resaltar las palabras latinas, rasgo gráfico que hoy día hemos sustituido por las cursivas.

[N. 4] En 1824 aparecería otra inscripción (una dedicatoria a la sacerdotisa Postumia Honorata) y en 1936 fragmentos de una cuarta (dedicatoria a ¿Antonius? Bucco), pero estas no contienen los topónimos.

[N. 5] La transcripción de Clemencín es bien diferente de la que difundió la Academia no solo en la escritura de los gentilicios. Por ejemplo, el epígrafe de Antonino Pío copiado por Clemencín contiene palabras como “NAERVAE” o “PARE-NEPOTI” en vez de los “NERVAE” y “PART·NEPOTI” de la Academia. Sin embargo, la transcripción de Clemencín [R. 12] guarda gran similitud con la publicada por Masdeu dos años antes [R. 9].

[N. 6] El presbítero ubriqueño Simón de Zamora remitió a la Real Academia de la Historia una carta en la que escribió el etnónimo siempre con erre doble (cuatro veces):

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Sin embargo, una publicación reciente (llamémosla “A ) transcribe los etnónimos de la carta de Zamora dos veces con erre simple y otras dos con doble. Un trabajo posterior (“B) se hace eco de “A” y contribuye a transmitir este nuevo dislate. Y un artículo “C dice textualmente: “[…] Ocurritanorum – Error por «Ocuriatanorum»”, con lo cual ya tenemos un “nuevo topónimo” para el viejo Ubrique: “Ocuria“. El gazapo de la doble erre parece una maldición y resulta hasta divertido, pues todo intento de aclararlo o corregirlo genera nuevos yerros, lo que demuestra que errare humanum est! [A propósito, “B” transmite otros malentendidos, como que Masdeu y Rodríguez de Berlanga citaron erróneamente la inscripción basándose en Zamora, siendo la realidad muy distinta: Masdeu la publicó correctamente 5 años antes que el presbítero ubriqueño informara de ella y Berlanga la dio a Hübner en 1869 también correctamente; en este caso, “B” ha bebido de un trabajo “D” que está equivocado en este aspecto. Resulta sorprendente la fuerte tendencia a generar “ruido” en los artículos históricos.]

[N. 7] Aunque la Academia publicó los descubrimientos de Ubrique en sus Memorias de 1805 [R.8], el texto se redactó tres años antes (al menos, la introducción que hizo José Córnide a estas Memorias, fechada el 21 de julio de 1802). Por lo tanto, es imposible que Córnide se basara en la cata de Zamora, que es de abril de 1805. Por otro lado, el académico Traggia confirma a la institución que estuvo en Ubrique y que leyó las inscripciones (parece ser que en febrero de 1795), pero de ahí no se puede asegurar que confirmara las transcripciones de Córnide, como se ha dicho, ya que lo más probable es que no se acordara al detalle de las que él hizo in situ.

[N. 8] Según José Antonio Correa [R. 24] “la abreviatura de sólo la última letra no es rara en latín, sobre todo cuando el campo epigráfico es reducido como sucede en las monedas o, en inscripciones, si se trata del fin de línea”. Este especialista opina así sobre algunos casos concretos: “No conozco ningún testimonio monetal con la forma ILIBER, sí lo hay en cambio en inscripciones, en las que es claramente abreviatura de Iliberritanus. Respecto a BAICIPO la escasez de hallazgos monetales y su mala acuñación no permite saber con seguridad si era así o BAICIP. En todo caso mi opinión es que probablemente se trata de una forma turdetana en escritura latina, pues si estuviera realmente latinizada debería ser BAECIPO o BAECIPPO. En LASCVT esto es lo que se lee en las monedas y tal es la forma del topónimo ya latinizado, que, muy probablemente, coincidiría con la forma turdetana (no documentada). La forma Lascuta, que aparece en las ediciones de Plinio, es de hecho una corrección de las que aparecen en los manuscritos (lascula, liscula), pero es posible que al topónimo se le hubiera añadido [-a]. En todo caso el adjetivo es Lascutanus, que no implica necesariamente que el topónimo se haya convertido en Lascuta.

[N. 9] En su primera carta a la Academia Andrés Palacios envió la transcripción de Cómodo con la palabra OCVRITANORVM transcrita correctamente [R. 125]. Pero algún tiempo después Palacios envía una nueva carta a la Academia para comunicar el contenido de las dos inscripciones. En el acta de la Academia del 22 de septiembre de 1797 se acusa recibo de esta misiva y se indica que en ella se habla del “municipio Occurritano”. [R. 126], Además, a esa carta de Palacios respondió el académico Antonio Capmany refiriéndose al “descubrimiento del antiguo Municipio Ocurritano” [R. 11]. Así que o Capmany cometió un gazapo o la palabra venia escrita así en la segunda carta de Palacios.

[N. 10] Que el secretario había leído el escrito de Clemencín está fuera de toda duda, ya que lo sigue casi al pie de la letra excepto en lo que se refiere a las inscripciones. No obstante, toda la explicación puede estar precisamente en haber recibido Córnide el informe de su colega Clemencín solo 5 días antes de la lectura del suyo. Es probable que por entonces ya tuviera redactado un borrador. Por otro lado, atribuir los yerros al cajista de la imprenta que en 1805 publicó el texto de Córnide no tiene mucho sentido porque es muy improbable que el operario se equivocara cuatro veces, que son las que el etnónimo está mal escrito.

[N. 11] La equivocación de Hübner al decir que Andrés Palacios informó a la Real Academia en 1802 en vez de en 1797 es perfectamente comprensible. Se debe a que Córnide, en su escrito, data las cartas de Palacios en “septiembre del mismo año”. Pero cuando el lector busca en el texto de Córnide el año al que se está refiriendo, el primero que encuentra es 1802, fecha que data otro asunto. Solo volviendo algunas páginas atrás se encuentra el año de 1797.

[N. 12] Hay dos discrepancias no explicadas por el epigrafista alemán pero de escasa significación. En la línea 7 Hübner sustituye “TRIB.” (clara abreviatura de “TRIBVNICIA”) por el “TR” de la Academia; en transcripciones modernas se opta por esta lectura hecha por el alemán [Rs. 16, 17]. Y en la 3, en el texto de la RAH se lee “IANI”, pero en la de Hübner “ANI” (de “TRAIANI”); actualmente se transcribe “IANI” [R. 16] o bien “ANI” con la indicación de que es posible una “I” en la palabra anterior [R. 17].

[N. 13] La única excusa que pudo tener Hübner es que la información se la dio a Rodríguez de Berlanga “un amigo”, según se lee en la propia entrada “XXIX. OCVRRI” del Corpus Inscriptionum Latinarum [R. 1].

[N. 14] Esta aseveración la atribuye Fray Sebastián al cura erudito grazalemeño Francisco Mateos-Gago Fernández, catedrático de Teología en la Universidad de Sevilla, muy aficionado a las “antigüedades”. Concretamente, Mateos-Gago escribió en el volumen 7 de su Colección de Opúsculos [R. 35] lo siguiente: “El sr. Hübner (Don Emilio) ha publicado estos epígrafes en su famoso Corpus Inscriptiomun Latinarum. Están bien copiados y solo debo advertir que la lección OCURRITANORUM que le remitió el ilustre escritor malagueño Sr. Rodríguez Berlanga es una equivocación manifiesta. En ambas piedras es indubitable la lección OCURITANORUM” (he tomado esta cita de [R. 43]). Como ya he aclarado, Rodríguez de Berlanga no trasladó a Hübner el gentilicio incorrecto.

VCCOR[N. 15] Resulta sorprendente cuán fácilmente se cometen errores al transcribir palabras extrañas o cómo, simplemente, se inventan. Fray Sebastián se está refiriendo a un comentario que publicó Fidel Fita en el Boletín de la Real Academia de la Historia de marzo de 1911 [Rs. 81, 97] sobre una inscripción en la que se le claramente VCCOR. Para empezar, Fita transcribe “Vccor(i)” a pesar de que en el epígrafe no existe esa i final. El historiador dice que este “Vccor(i)” era el mismo Ubrique antiguo que “se escribe en sus lápidas hasta hoy conocidas Ocurri y Ocuri”, pero opina que “en la presente [inscripción] Ucori se acerca mejor a la pronunciación medioeval y moderna que tiene aquel pueblo”. Fray Sebastián, no se sabe por qué, transforma ese Ucori en Ocori. ¿Cuestión de oído, de preferencia inconsciente por una forma en detrimento de la otra? (Incidentalmente debo aclarar que José Antonio Correa no cree que “Vccor tenga nada que ver con Ocur ni por la forma en sí misma ni por el lugar del hallazgo, bastante distante. Si se trata en efecto de Vccor(itanus), debe corresponder a una ciudad llamada Vccor o Vccori. Aunque no es raro el cambio u (breve) > o (excepcional a la inversa), por la fecha de la inscripción no es esperable que se haya producido; tampoco cc > c. Por tanto se puede excluir con fundamento que Vccor sea una variante fonética de Ocur” [R. 71].

[N. 16] Mario Pujol Llop llama “actividad ortográfica” a la tarea “lingüística y cognitiva que realiza un sujeto para usar correctamente las unidades gráficas de una lengua que permiten plasmar por escrito un mensaje. Según este autor, escribimos “desde la forma sonora de la palabra o desde su recuerdo gráfico”, rutas que, según parece, “funcionan conjuntamente, aunque sea una de ellas la que predomine en el resultado final, según el tipo de palabra de que se trate y las capacidades del sujeto” [R. 20].

[N. 17] Faria encuentra paralelos entre el topónimo “OCVRI / OQVR(i)”, por su segmento inicial, con el nombre antiguo ocobilos, y por el final con CarsuRitu, BAES-VRI, GRACCH(V)-VRIS, Lacc-ouri-s/La-ccouri-s, LESVRIDANTAR o VRI-A. Varios de ellos serían ibéricos [R. 29].

[N. 18] Este tipo de indefiniciones se han resuelto de manera diferente en el castellano actual. Por ejemplo, en el caso de Calagurris se han mantenido las dos erres (> Calahorra), pero Iliberris, después de muchos avatares en tiempos tardorromanos, visigodos y musulmanes (Eliberi, Eliberri, Elibirri, Ilibira) ha quedado con una sola (> Elvira) [R. 31]. José Antonio Correa ha estudiado este caso y lo explica así: “Al final de la época imperial y sobre todo en época visigoda se desarrolla una tendencia a la simplificación de las geminadas, que en el caso de este topónimo está bien documentada, pues en las monedas visigodas aparecen, por ejemplo, tanto Eliberri como Eliberi. Este hecho aparece consumado en la forma arabizada Ilbīra > español (Sierra) Elvira”. Hay algún caso en el que de un mismo topónimo han surgido dos variantes, una con erre simple y otra con doble, como La Alcaría y La Alcarria (de origen árabe).

[N. 19] Incluso si todo el mundo dispusiera de un mismo alfabeto podrían surgir varias formas de plasmar el mismo topónimo. Por ejemplo, hoy día en la capital de España conviven las pronunciaciones Madrid, Madriz, Madrit o Madrí según la procedencia del hablante. Si todos escribimos Madrid es porque tenemos una gramática fijada. En tiempos prerromanos e incluso romanos eso era una entelequia, y es de suponer que cada escriba pasaría los nombres que oía a símbolos gráficos según su oído y las normas de su idioma por él conocidas o, en general, como creía más oportuno. .

[N. 20] . Hay innumerables ejemplos que demuestran que cada lengua interpreta las demás a su manera. Por ejemplo, un ruso pronuncia la capital de su país algo así como [máskovaa] (aquí se puede oír). Sin embargo, los ingleses lo han transformado en [máscou] y los españoles (por influencia francesa, supongo) en [moscú]. La ciudad que los madrileños escriben y pronuncian [Cádiz] es para los andaluces [Cadi] y para muchos gaditanos [Cai]. Un francés dirá [Cádix] y un italiano [Cadiche]. La población que nosotros llamamos Amberes es Amvérsa para los griegos, Antuérpia para los portugueses, Antverpen para rusos, serbios y ucranianos, Antverpenas para los lituanos, Antverpene para los letones, Antverpy para checos y eslovacos, Antwīrb para los árabes, Antwerp para los ingleses, Antwerpen para neerlandeses, fineses, alemanes y suecos, Antwerpia para los polacos, Anvers para franceses, catalanes y rumanos, Anversa para los italianos, Anviesse para los valones, etc. [R. 52].

[N. 21] En cuanto al ibérico, no llegaría “a alcanzar el centro de la región entreverándose con el turdetano en parte de la zona oriental” [R. 96].

[N. 22] Villar explica [R. 7] que es relativamente común encontrar en toponimia palabras compuestas del verdadero topónimo más un apelativo que puede ser ciudad, río, montaña… Pues bien, en estos casos el topónimo podría pertenecer a una lengua más antigua que el apelativo, ya que cuando llega un pueblo con su propia lengua a un territorio en el que se habla otra. los recién llegados tienden a utilizar como apelativos palabras de su lengua en combinación con los nombres propios (topónimos) de la indígena. Supongamos que Ocur(i) es un caso de esos. Dado que, según creen algunos expertos, ur(i) significaría ciudad o quizá también río [Rs. 38, 7], ese sería el apelativo, y oc sería el verdadero topónimo, perteneciente a una lengua más antigua. ¿Cuánto de antigua? En algunos casos el propio nombre, si conocemos su significado, puede establecer su autodatación léxica [R. 7]. Por ejemplo, si Ocur(i) significara “la ciudad de la montaña”, la lengua a la que pertenecería oc (montaña) no podría ser anterior a la Edad de los Metales (sexto milenio a. C.) por la sencilla razón de que en esos momentos los seres humanos no se asentaban en las alturas, sino en las orillas de los ríos y en zonas lacustres.

[N. 23] Correa cree que “de la existencia de Ocuritanus no se sigue necesariamente que el topónimo sea Ocuri, aunque favorece esta hipótesis” [R. 3]. Hay que tener en cuenta que hace dos décadas apareció la moneda supuestamente acuñada en el Salto de la Mora en la que se lee “OQVR”. Por ello, Correa opina que “se puede pensar en una forma Ocur a pesar de la forma del adjetivo, a menos que aparezca algún dato epigráfico en contra” [R. 3].

[N. 24] Josep Maria Solà-Solé [R. 69] señala que el termino “libio-fenice” lo acuñó Jacobo Zóbel de Zangróniz para aplicarlo a un alfabeto de ciertas monedas del Sur peninsular aparentemente vinculadas con otras que tienen leyendas fenicia o neopúnica. Pero dice que también hay quien lo identifica con el alfabeto turdetano e incluso el tartesio. María Paz García-Bellido prefiere denominarlo “neopúnico aberrante”. Fray Sebastián también decía que “Occurris” le parecía “libio-fenicio”, aunque en otras partes de su libro habla de “libio-bereber”, “libio-ibero” e “ibérico” [R. 19].

[N. 25] Villar advierte que de algunos terminados en –i de la lista no tenemos conocimiento directo, sino de algún caso flexional del etnónimo adaptado a la morfología latina, como por ejemplo *Ocuri, deducido del genitivo plural ocuritanorum.

[N. 26] Según [R. 79] el nombre CERI aparece en una moneda en la que estas letras se leen borrosamente y parece que podría faltar alguna; por eso, este autor piensa que el nombre del lugar podría ser CERIT (o CERET). No obstante, habla en favor de CERI el que CERIT sea la abreviatura de CERITANUM [R. 114]. Sexi, Vesci y Sacili son otros ejemplos de palabras que podrían haber adaptado los latinos añadiéndoles una –i al vocablo fenicio.

[N. 27] Orippo (Dos Hermanas) no es una excepción porque su segmentación aceptada es or-ippo (ippo es probablemente turdetano y significaría ciudad según muchos autores [R. 80]. Por otro lado, Manuel Pérez Rojas [R. 102] relaciona el nombre de *Ocuri con estos de la Bética: Ebora, Ipora, Sabora y Olaura,

[N. 28] Leo en un artículo que la leyenda de la moneda (OQVR) “parece confirmar el topónimo transmitido por la epigrafía”. Creo que hay que aclarar que antes de la moneda la epigrafía no había transmitido ningún topónimo, sino el genitivo plural de un adjetivo toponímico, pero supongo que el autor quiere referirse a la palabra supuesta *Ocuri y que lo que quiere decir es que la leyenda monetal, al tener una sola erre, confirma *Ocuri y descarta *Ocurri. No entiendo bien este argumento. Me pregunto: por esa regla de tres, para que la moneda confirmara *Ocurri, ¿su leyenda debería ser OQVRR? Como es bien sabido, una erre al final de una palabra equivale en la pronunciación a erre doble. El latín y sus reglas nacen como lengua hablada (pronunciada), no escrita. Por lo tanto, cuando a partir de un nominativo acabado en erre (doble, pues, en el habla) los hablantes construyen el adjetivo toponímico correspondiente añadiéndole [itanus], tienen dos opciones: mantener esa doble erre (hablada) en la palabra derivada (como hicieron los de Éibar al formar eibarrés) o transformarla en erre simple (siguiendo a los de Cúllar, que prefirieron cullarense en vez de cullarrense. En el caso que nos ocupa, el genio del latín parece que ha optado por el modelo de Cúllar (al crear ocuritano) en vez del de Éibar (que daría ocurritano). Pero el hecho de que la forma escrita que aparece en la moneda (OQVR) tenga una sola erre al final no tiene por qué implicar que las palabras derivadas también deben tener una erre simple. Es más, el hecho de que una palabra escrita tenga una erre al final da una cierta probabilidad de que la derivada tenga dos erres. En este caso, de Ocuri es esperable ocuritanorum porque en ambos casos, hablado y escrito, tenemos erres simples. Pero de Ocur podría esperarse ocuritanorum u ocurritanorum. Así que el hecho de que la leyenda de la moneda sea OQVR no solo no confirma *Ocuri sino que da una posibilidad a *Ocurri,

[N. 29] Según Villar, que ur pueda significar cosas tan aparentemente dispares (río y ciudad) no debe sorprender, primero porque puede tratarse de una homofonía casual, y segundo porque puede haberse producido un desplazamiento semántico desde “río” a “la ciudad del río”.

[N. 30] Según José Antonio Correa [R. 96], Francisco Villar cree que “habría (o habría habido en tiempos anteriores a la llegada de los romanos) una lengua indoeuropea, presente también en Cataluña y la cuenca media del Ebro, que se hablaría en el territorio delimitado desde las cabeceras del Guadalquivir y el Genil hasta la costa mediterránea y atlántica y a la que adscribe fundamentalmente los topónimos en uba, ur-, urc-, bai- y ul-. Habría además, exclusivamente en el sur peninsular, dos lenguas no indoeuropeas, a las que corresponderían respectivamente los topónimos en –ipo e ip- (más Sis- en antropónimos) y los en -tuci e –igi”. Pero, para Correa, “aunque es posible que haya una parte de verdad en esto, a nosotros se nos presenta globalmente esta toponimia, al margen de su latinización, como uniformada dentro de una sola lengua que solo puede ser el turdetano”.

[N. 31] Me hizo pensar eso el hecho de que según Enrique Flórez [R. 84] existen unas monedas en las que se lee OSTVR (atribuibles a la antigua ciudad próxima a Manzanilla, Huelva) y otras en las que se aprecia OS·TVR, proponiendo ese autor que podría interpretarse como OST(ippo) VR(bs) (Ciudad de Ostippo, Estepa, Sevilla).

[N. 32] Una moneda no es una lápida de piedra. En la lápida puede ocurrir que al final de la línea te falte espacio si no has hecho un boceto previo. Pero la moneda se obtiene a partir de un cuño, y supongo que no se daría por bueno un cuño hasta que no se consiguiera el deseado. Por lo tanto, me resulta difícil entender que el diseñador de una moneda abrevie solo la letra final por cuestiones de espacio.

[N. 33] Algunas monedas bilingües sí permiten saber eso.

[N. 34] Otra cosa es que se puedan hacer conjeturas y establecer posibles relaciones entre topónimos. Si, por ejemplo, admitimos que el del Salto de la Mora es de la misma familia que Gracurris, también podríamos conjeturar que aquel experimentó parecidas vacilaciones que este y que también pudo existir la forma [Ocurrris] en algún momento.

[N. 35] Hablando de errores, ¿pudo el lapicida que copió las leyendas en los pedestales cometer un error ortográfico y escribir OCVRITANORVM en vez de OCVRRITANORVM? Antiguamente los romanos no escribían doble erre, sino siempre simple, independientemente de que la pronunciaban doble cuando correspondía. Ya en época imperial se creó la nueva norma ortográfica que evitaba confusiones. Pero, ¿cabe la posibilidad de que el lapicida no cumpliera esa norma?

[N. 36] . Hoy día decimos indistintamente Sáhara y Sahara y en la ciudad rumana de Cluj-Napoca he oído pronunciar la parte latina de este topónimo tanto Napoca como Nápoca. Quizá hace 2000 años se pronunciaba indistintamente (o según las etnias) [Ócur] y [Ocur] (u [Ócuri] y [Ocuri]). Hay palabras españolas que por alguna razón admiten varias formas de marcar el acento y la Real Academia lo acepta: alveolo/alvéolo, olimpiada/olimpíada, omóplato/omoplato, período/periodo, austriaco/austríaco. policiaco/policíaco, Zodiaco/Zodíaco, extasío/extasio. También hay otras vacilaciones que no acepta (olé/ole).

[N. 37] Me llama la atención la existencia de varios nombres prerromanos acabados en –i (o en temas en –i) que han llegado a nuestro idioma en –a: Vergi > Berja, Iliberri > Elvira, *Astigi > Écija, Calagurris > Calahorra, Murtili(s) > Mértola, Tagili > Tíjola. ¿Sería este un indicio de que efectivamente esa –i final algunos pueblos la pronunciarían de forma muy abierta?

[N. 38] Curiosamente, ahora que se ha conseguido que la mayoría de la gente diga Ocuri, se está empezando a escribir Ocvri tanto en contextos informales (blogs, redes sociales…) como en documentos científicos, quizá por un prurito de hipercorrección o por esnobismo, con el riesgo de confundir a los no avisados y hacerles que pronuncien esa palabra [ocbri] (especialmente a los franceses visitantes de Ubrique, ya que el francés tiene muchas palabras con el fragmento vri pronunciado [bri]– como ouvrir, ouvrier o avril). Según José Antonio Correa [R. 101], “el uso actual es V para mayúscula y u para minúscula, tanto si la letra corresponde a una vocal como a una consonante”, norma según la cual podría escribirse OCVRI si se desea ser arcaizante, pero no Ocvri, sino Ocuri; ni Ocvritanorvm, sino Ocuritanorum. En el mismo sentido, António Marques de Faria me explica que la palabra de la moneda OQVR debería escribirse así si se emplean mayúsculas, pero Oqur si minúsculas [R. 114].

[N. 39] Por otro lado, como casos de adjetivos abreviados en monedas, António Marques de Faria cita CELTITAN (de Celti) e ILVRCON (de Ilvrco). En ambos figuran letras adicionales a los topónimos (TAN y N, respectivamente). Me pregunto: si el topónimo ubriqueño siguiera el modelo, ¿la abreviatura esperable no sería OQVRIT?

[N. 40], Si bien hay que puntualizar que en la antigüedad también tuvo la forma Hispal [R. 96], de la que podría provenir el gentilicio hispalense. Y a lo mejor Gaditanus se formó de Gadir (que “casi” acabe en –i), no de Gades.

[N. 41] Con la leyenda de las monedas de esta ciudad hay que tener cautela. Según José Antonio Correael problema de la leyenda púnica de las monedas de Iptucci es que está en escritura neopúnica y hasta ahora no se ha conseguido una lectura medianamente fiable, por lo cual no vale la pena quebrarse la cabeza en compararla con la leyenda latina” [R. 105].

[N. 42] Pero no justifica esa aseveración, aunque quizá lo pretende con este párrafo: “Jacobo Wackernagel ha probado que los nombres de las ciudades y gentes que terminan en tanus (Mauritanus, Aquitanus, Lusitanus, son propiedad común libio-ibera; en ambos pueblos aparecen las terminaciones curr, igi(s), ara, aura, illis, ippo, ulIus, aba y uba. Son frecuentes los prefijos au (Auringis), lam, cur, ars, ucu, tala, tolo, ban, thu, sal y alb. […].

[N. 43] Excepto que se traigan por los pelos raros tecnicismos de origen extranjero como microcurio (unidad de medida de la radiactividad) o consideremos castellana la palabra Ocurí, que irónicamente es un topónimo de verdad (es un pueblo del departamento de Potosí, Bolivia).

[N. 44] No tiene nada de extraño que el genio del idioma latino pudiera inclinarse en ese sentido. Anecdóticamente, también hay madrileños actuales que dicen “un taxis” por “un taxi”. En cambio, los andaluces prefieren lo contrario: “cuatro taxi” por “cuatro taxis”), al igual que los franceses, que, en la pronunciación, suprimen la –s final del nombre de su capital.

[N. 45] Algo análogo hizo Fray Sebastián al elegir *Occurris por parecerle “más conforme” a su hipótesis sobre la lengua a la que pertenecería el topónimo.

[N. 46] Fray Sebastián empleó Occurris en su libro sobre la historia de Ubrique y Ocurris en la entrada que escribió en la Enciclopedia Espasa sobre el pueblo [R. 106].

[N. 47] No me ha quedado claro el sentido de la palabra “ibérico” en este contexto, ni tampoco el uso que le quiso dar Fray Sebastián cuando dijo que “Occurris fue fundada por los iberos”. A propósito, José Antonio Correa me explicó que desde el punto de vista lingüístico “no nos consta que el ibérico en el sur peninsular se hablara fuera del territorio de la actual provincia de Jaén y zonas limítrofes” [Rs. 71, 72].

[N. 48] . Por ejemplo, si se buscan todos los topónimos físicamente localizados que contengan uc o sus variantes y se tabula el número de las ciudades con esos nombres que se encuentran a una determinada altitud sobre el terreno circundante, tomada esta altitud como variable discreta (es decir, en intervalos de 100 metros, por ejemplo), quizá se podría comprobar si la mayoría de los nombres de lugar con oc/uc se encuentran o no en sitios altos. En caso positivo, ciertamente oc podría significar cima o montaña. Como este, se me ocurren otros posibles intentos de correlación, tanto empleando variables cuantitativas (alturas, distancias…) como cualitativas (estar cerca del mar, ubicarse en un oppidum de difícil acceso…). Contando con el máximo de datos físicos del emplazamiento y una adecuada segmentación lingüística de los topónimos, un buen algoritmo podría servir de excelente apoyo a los traductores. En cuanto al segmento ur se podría comprobar si en una región determinada significa río comprobando su correlación con la proximidad a un río. En regiones en las que ur se supusiera que tiene el significado de ciudad, probablemente se encontraría una descorrelación con determinados accidentes geográficos o características físicas, ya que hay ciudades tanto pequeñas como grandes, alargadas o estrechas… Todas contendrían ur independientemente de estas peculiaridades físicas si ur realmente significa ciudad. Solo son ideas que habría que meditar bien para evitar errores de interpretación y sesgos estadísticos.

[N. 49] Correa me explicó [R. 105]: “Respecto a la escritura de las vocales en cartaginés, que es realmente fenicio evolucionado independientemente de la Fenicia originaria, el uso es no escribirlas; pero, cuando escriben palabras de origen extranjero, como eran para ellos las turdetanas o las latinas, tienden a escribirlas reutilizando algunas letras como ‘, ’, y, w, h. Pero todo esto es solo un hecho de escritura, las vocales las pronunciaban siempre.

[N. 50] Mucha gente cree que no podemos saber cómo se pronunciaban las palabras antiguas porque en aquella época no había magnetófonos. Efectivamente, no los había, pero sabiendo cómo se pronuncian actualmente, a veces se puede seguir la pista hacia atrás. Eso ha permitido a los filólogos detectar reglas evolutivas (como las leyes de Grimm y Verner). No hemos oído hablar a ningún romano natural de Iptuci y, sin embargo, estamos casi seguros de que pronunciaba el nombre de su ciudad [Iptuki]. Hasta se sabe que los íberos no pronunciaban el fonema [p] y que disponían de tres signos alfabéticos que notan fonemas o sonidos nasales [R. 110]. En cuanto a los acentos, José Antonio Correa me explicó: “El acento de las palabras de una lengua que se escribe o escribió es posible conocerlo si se conocen las normas ortográficas correspondientes. Hay toda clase de situaciones. En el griego antiguo se usaban tildes, por lo que se conoce el acento de todas las palabras, además de que conocemos las normas ortográficas. En latín, sin embargo, no hay acento gráfico, pero se sabe que el acento (primero tónico y después intensivo) se basaba en la cantidad de las vocales, que es generalmente conocida, por lo que no suele haber problemas a la hora de leerlo o hablarlo. Sin embargo cuando se trata de préstamos de otras lenguas, singularmente topónimos, no siempre se sabe en qué sílaba iba el acento por desconocer a veces la cantidad de la vocal de la penúltima sílaba, aunque sí sabemos que la sílaba final no se acentuaba en latín (hay, como siempre, algunas excepciones)”.

[N. 51] No sé cuán fundamentada está una teoría según la cual ur significa ciudad en muchas lenguas del mundo [R. 109], citando como prueba las ciudades mesopotámicas de Ur, Assur y Nippur, las indias de Udaipur y Jaipur y otras asiáticas como Kuala-Lumpur y Singapur, además de muchos topónimos vascos en uri/iri y los propios sustantivos urbs (“urbe”, latino) y burgo (germánico, que da lugar a tantos nombres de ciudades como Burgos, Petersburgo, Estrasburgo, Edimburgo, Friburgo, Johannesburgo…). Pregunté a Correa y me dijo que se sabe que en los topónimos indios o de otras lenguas de su zona de influencia que acaban en –pur este elemento significa “ciudad”, siendo etimológicamente el mismo que el griego πόλις) [R. 101].

[N. 52] Dada la abundancia del lexema uc en topónimos, especialmente en el Valle del Guadalquivir, si uc significa un accidente geográfico, este debe ser habitual en el paisaje de esa área. Quiero decir que, por ejemplo, uc no puede significar volcán porque hay muchos topónimos con uc y ni un solo volcán en la zona. Por otro lado, si uc es muy antiguo, es muy probable que tenga que ver con una eminencia del terreno (siempre suponiendo que denote un accidente geográfico), ya que es en esos sitios donde se asentaban las ciudades. Es razonable que los topónimos efectivamente signifiquen accidentes geográficos, pues esa seria la mejor manera que tendrían los habitantes de los alrededores de identificar la ciudad a la que se estaban refiriendo (“la ciudad del cerro”, “la ciudad del bosque tupido”, “la ciudad del manantial”, “la ciudad sobre el desfiladero”, “la ciudad del acantilado”…). O bien que hablen de otras peculiaridades físicas de la localidad (“la ciudad alargada” –Villaluenga–, “la ciudad grande”, la “ciudad de arriba” (para distinguirla de una próxima situada más abajo). Pasando el tiempo y empezando a existir documentos (mapas, por ejemplo) sí que fue posible elegir otros nombres no vinculados con la geografía, como “la ciudad de Graco –Gracurris–, Constantinopla (“la ciudad de Constantino”) o La Carolina.

[N. 53] Se refiere al Nuevo Método de Clasificación de las Medallas Autónomas de España, publicado por Antonio Delgado Hernández en 1871-1876.

[N. 54] Este tipo de acuñaciones defectuosas se debe a que el malleator no golpea bien con su martillo el cuño o a que el suppostor que sujeta con sus tenazas el cospel sobre el yunque se mueve en el momento de la percusión [R. 51].

[N. 55] No está clara la etimología de Hispania, pero sí hay bastante acuerdo general entre los filólogos en que esa palabra latina procede de otra fenicia que significaría –según diversas hipótesis– “tierra de conejos”, “isla de conejos”, “oculto”, “isla del Norte” o “isla/costa de los forjadores o forjas (de metales)”.

[N. 56] El material asociado que se encontró es “muy diverso, pero fluctúa entre cerámicas campanienses A (…) a diversos tipos de sigillatas, fundamentalmente gálicas y abundante cerámica doméstica fechables en los siglos I y II d.C”. Aparecieron también monedas de “Carteia” y altoimperiales.

[N. 57] En el libro de Francisco Villar Indoeuropeos y no Indoeuropeos… [R. 7I se lee sobre la ciudad de Subur que su étnico lo tenemos atestiguado “en la forma esperable Suburitanus”. En una nota al pie se dice que hay testimonio epigráfico de Subur en una inscripción encontrada en Tarraco (CIL II 4271) en la que aparece el étnico Suburitani (plural de Suburitanus). Por otro lado, Arturo Campión hizo segmentaciones de unos 350 adjetivos toponímicos antiguos en busca de pautas de construcción de los mismos y entre ellos citó el que nos ocupa, que segmentó así: “Ocur- ITA -n-i” [R. 111]. Deduzco de ello que Ocuritanorum podría derivar tanto de Ocuri como de Ocur.

[N. 58] Puestos a admitir posibilidades, tampoco creo que sea categóricamente imposible Ocures (como Gades > Gaditanorum), pues parece que era frecuente la vacilación i/e (Arci/Arce, Urci/Urce [R. 7], ¿Gadir/Gades?). Ni Ocurit (como Cerit/Ceret > Ceretanorum [N. 26]); Ocurus (Ebusus > Ebusitanorum); Ocura (Malaca > Malacitanorum), Ocurat (Abderat > Abderitanorum); Ocuriæ (Emporiæ > Emporitanorum)O sencillamente Ocur, como de Subur > Suburitanorum. Curiosamente, la última propuesta es en cierto modo la más sencilla, abarcadora y “conciliadora”, pues todas las demás palabras contienen el fragmento ocur. Quiero imaginar que a Einstein, que creía que la explicación última de las cosas tenía que ser muy simple, le habría seducido la hipótesis de que entre tantas posibilidades el nombre de la ciudad fuese el más sencillo de todos los considerados, y estoy seguro de que se habría convencido definitivamente si hubiese sabido que existen monedas ¡en la que aparece ese nombre!

[N. 59] Y también decía que toda teoría hay que contrastarla con resultados de experimentos y datos obtenidos de la realidad, pero mientras no pueda ser falsada tiene que ser admitida provisionalmente.

[N. 60] Eso sí, son dos muestras que se presentan en la forma más fiable posible, pues se trata de documentos oficiales.

[N. 61] Las lecturas más antiguas nos han llegado gracias a Francisco Javier Delgado, que en el primer cuarto del siglo XX se dedicó a coleccionar transcripciones de epígrafes antiguos. A su muerte se hizo cargo de los documentos su hijo, el gran numismáticos del siglo XIX Antonio Delgado Hernández, que es quien los legó a la posteridad.

[N. 62]. Faria me dijo que, a pesar de las semejanzas formales, cree que las segmentaciones que considera más probables de los nombres de lugar terminados en –ur son un factor de diferenciación entre ellos: Su-bur, *Gai-dur y Os-tur, todo ello partiendo del presupuesto de que se trata de topónimos ibéricos [R. 113].

[N. 63] Faria cree, y ha escrito sobre ello, que varios topónimos que son considerados turdetanos basándose solo en su situación geográfica como Astigi, Baesaro y Baesuri, Olaura/o, Olontigi y Sosontigi, entre otros, podrían ser originalmente ibéricos [R. 114].

[N. 64] He intentado demostrar en otro lugar que los fragmentos del informe de Juan Vegazo que nos transmitió Fray Sebastián constituyen el grueso de dicho documento. Se llega a esta conclusión porque existe otra fuente (Simón de Rojas Clemente Rubio) que también se basó en ese informe y transcribe de él prácticamente lo mismo que Fray Sebastián, aunque de forma resumida.

[N. 65] Plinio hablaba de una ciudad llamada “Vsaepo”, información que ha causado muchas controversias. José Antonio Correa [R. 101] es los que creen que esa palabra debe interpretarse comoV(ictrix) Saepo, lugar que se hallaría en la Dehesa de la Fantasía, término de Cortes de la Frontera, hipótesis que tiene apoyo epigráfico. También se ha propuesto que Saepo estaba en término de Olvera, pero Correa piensa que ese lugar hay que identificarlo como Saepone (citado también por Plinio), Allí se ha encontrado una inscripción que documenta el adjetivo Saeponensis, el cual puede corresponder a cualquiera de las dos formas, Saepo y Saepone [R. 101].

[N. 66] También existe la terminación [‑uri] en latín; por ejemplo el genitivo de un nombre en [‑urus] (maturus, genitivo: maturi).


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[R. 58] Manuel Cabello Janeiro. Ubrique. Encrucijada histórica (1987).

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[R. 97] Jose María Gavira Vallejo: Juan Francisco Masdeu: primer autor que publicó las inscripciones romanas del Salto de la Mora, Historias del Mediodía, 19 de abril de 2009 (consultado el 28-06-2015).

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[R. 99] Santiago Pérez Orozco: “Topónimos hispánicos en grafía púnica”, ELEA 9 (2009) 251-274.

[R. 100] María Paz García-Bellido García de Diego: “Plomos monetiformes con el topónimo ibérico Gador”, Palaeohispánica 1 (2001) 335-340.

[R. 101] José Antonio Correa Rodríguez: comunicación personal, 9-7-2015.

[R. 102] Manuel Pérez Rojas: “Las inscripciones con escritura tartésica de la cueva de La Camareta y su contexto onomástico (Aportaciones sobre la ‘celtización’ del mundo ibero-tartésico”), Antigüedad y cristianismo: Monografías históricas sobre la Antigüedad tardía 10 (1993) 139-266.

[R. 103] Wikipedia: Íberos (consultado el 28-06-2015).

[R. 104] Albert Ferrer Soler:El problema de la situación de Subur”, Ampurias 7-8 (1945-1946) 368-370.

[R. 105] José Antonio Correa Rodríguez: comunicación personal, 28-06-2014.

[R. 106] Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana: Ubrique, t. 65, Espasa-Calpe (1908-1830).

[R. 107] Wikipedia: Cómodo (consultada el 28-06-2015).

[R. 108] Wikipedia: Hispania (consultada el 28-06-2015).

[R. 109] Etimologías de Chile: Urbano (consultada el 28-06-2015).

[R. 110] Jesús Rodríguez Ramos: “Vocales y consonantes nasales en la lengua íbera”, Faventia 22:2 (2000) 25-37.

[R. 111] Arturo Campión: “Celtas, íberos y vascos”, capítulo XIII, Revista Bascongada (1908).

[R. 112] António José Marques de Faria: “Crónica de onomástica paleo‑hispânica (22)”, Revista Portuguesa de Arqueologia (2015). En preparación.

[R. 113] António José Marques de Faria: comunicación personal, 6-7-2015.

[R. 114] António José Marques de Faria: comunicación personal, 3-7-2015.

[R. 115] Francisco Villar Liébana: comunicación personal, 5-7-2015.

[R. 116] Luis Javier Guerrero Misa: “Identificada una tercera moneda de la ceca de Ocvri (Ubrique, Cádiz)”, Oppidum Gestión Arqueológica (consultado el 2/7/2015).

[R. 117] Fray Sebastián de Ubrique: “Ubrique”, entrada del tomo 65 de la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Espasa Calpe, c. 1928.

[R. 118] Jose M. Gavira: Estas son las lecturas más antiguas de las inscripciones del Salto de la Mora que nos han llegado, gracias al erudito del siglo XIX Francisco Javier Delgado, Historias del Mediodía, 8-8-2012.

[R. 119] Jose M. Gavira: Las tribulaciones de Juan Vicente Vegazo Montes de Oca, descubridor del yacimiento arqueológico de Ócur, Historias del Mediodía, 31-7-2015.

[R. 120] Jose M. Gavira: Mateo Francisco de Rivas fue el autor “desconocido” de un documento recibido por la Real Academia de la Historia en 1804 sobre las ruinas de Ócur, Historias del Mediodía, 28-7-2015.

[R. 121] Jose M. Gavira: La visita de Frasquita Larrea a las ruinas del Salto de la Mora en 1824, Historias del Mediodía, 27-7-2015.

[R. 122] Jose M. Gavira: Sobre las visitas del “anticuario” cordobés Andrés Palacios a las ruinas de Ócur en 1797, Historias del Mediodía, 26-7-2015.

[R. 123] Jose M. Gavira: “Ubrique la Vieja”: las ruinas de Ócur según el testimonio de Francisco Mateos-Gago, Historias del Mediodía, 20-7-2015.

[R. 124] Jose M. Gavira: El botánico Simón de Rojas Clemente visitó en 1809 las ruinas de Ócur y las describió basándose en los “Papeles” de su descubridor, Juan Vicente Vegazo Montes de Oca, Historias del Mediodía, 20-7-2015.

[R. 125] Real Academia de la Historia, Actas RAH, tomo 11, 7 julio 1797, ACTRAH011_0169, 0170 y 0171.

[R. 126] Jorge Maier Allende: Noticias de Antigüedades de las Actas de Sesiones de la Real Academia de la Historia (1792-1833) (2003)

[R. 127] Real Academia de la Historia, Actas RAH, tomo 13, 4 mayo 1804, ACTRAH013_0467 a ACTRAH013_0474.

[R. 128] Real Academia de la Historia, Actas RAH, tomo 11, 22 septiembre 1797, ACTRAH011_0185 a ACTRAH011_0187.

[R. 129] Real Academia de la Historia, Actas RAH, tomo 11, 21 julio 1797, ACTRAH011_0172 y ACTRAH011_0173.


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