Prohibición de las representaciones teatrales en Benaocaz, Grazalema,Ubrique y Villaluenga a finales del siglo XVIII

JOSE MARÍA GAVIRA VALLEJO

A finales del siglo XVIII la Iglesia católica la tomó contra el teatro y otras artes escénicas. Y los gobernantes, temerosos de la perdición de sus almas, secundaron el estúpido anatema que bajaba de los púlpitos prohibiendo casi todas los espectáculos de este tipo.
El historiador Antonio Domínguez Ortiz se refiere así a esta fiebre antiteatral en su artículo La batalla del teatro en el reinado de Carlos III (II), que apareció en los Anales de Literatura Española, número 3, en 1984:

Andalucía parecía predestinada a ser la tierra más propicia para el arte teatral por su riqueza, su complejo entramado urbano, su carácter cosmopolita y el carácter abierto y festivo de sus gentes. Así ocurrió durante el siglo XVI y comienzos del XVII; después se hizo notar en ella, quizás con más fuerza que en otras partes, el entenebrecimiento del horizonte vital y un concepto apocalíptico del mundo favorecido por eclesiásticos más celosos que discretos, que veían pecados en las más inocentes ocasiones de diversión.

Entre los hombres de Dios más fanáticos opositores al teatro destacó el fraile capuchino ubriqueño Diego José de Cádiz (1743-1801), que logró que muchos consistorios prohibieran las representaciones. Como el jerezano:

[Jerez]  tuvo teatros permanentes desde fines del siglo XVI y que en el XVIII tropezó con la oposición de la Iglesia, encarnada en los arzobispos Espínola y Palafox, que lograron su extinción. El Ayuntamiento mantuvo una actitud indecisa, tan pronto en favor como en contra de las representaciones. La ópera italiana se introdujo, antes que las comedias, a mediados del siglo XVIII. El Ayuntamiento redactó unas ordenanzas en 1772 que tuvieron escasa vigencia; poco después comenzó la formidable ofensiva acaudillada por fray Diego de Cádiz y secundada por los obispos andaluces, que condujo a la extinción.

O el de El Puerto de Santa María, que en 1780 impidió comedias y óperas a instancias de este fraile.

Así que no es de extrañar que el buen Diego José estuviera también detrás de la decisión conjunta que tomó el Consejo de las Cuatro Villas de la Sierra de Cádiz de impedir las representaciones teatrales que el pueblo empezó a reclamar a finales del siglo XVIII, época en que resurgía el teatro. No toleraron ni aquellas obras que tenían una finalidad benéfica:

Parece que el momento óptimo para la resurrección del arte de Talía en tierras andaluzas, es decir, los años siguientes al del 1767, se hizo notar incluso en pueblos pequeños como eran los de Villaluenga, Ubrique, Grazalema y Benaocaz, en lo más intrincado de las serranías sevillano-gaditanas. Así se desprende del memorial conjunto elevado al Consejo por dichos municipios en 23 de septiembre de 1783 para que no se permitieran comedias ni óperas (!), «y para no ser inquietados por las compañías cómicas que suelen andar sueltas de pueblo en pueblo con despachos del Juez Protector para que no se les impida el uso, y aun que se les suministren bagages para los tránsitos, como tampoco por particulares vecinos, so color de ser los productos que sacan para obras pías». Sin duda, éste fue también el caso de otras muchas poblaciones pequeñas, en las que el choque ideológico, a propósito de las representaciones teatrales, se manifestó con variable intensidad.

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